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Hubo un tiempo en que las discrepancias políticas se resolvían con argumentos, no con insultos. Se respondía a un libro con otro libro, a una teoría con otra teoría. Un ejemplo clásico es el enfrentamiento entre Proudhon y Marx: cuando Proudhon publicó su Filosofía de la miseria, Marx respondió un año después con Miseria de la filosofía, desmontando sus ideas punto por punto. Había dureza, pero sobre todo razonamiento.
Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky o Gramsci también polemizaron duramente, pero dejaron una enorme obra escrita. Sus desacuerdos se resolvían en artículos y libros, no en memes. En España, figuras como Azaña, Madariaga, Fraga, Carrillo o Iglesias mantuvieron esa tradición de trabajo teórico y confrontación ideológica seria.
Sin embargo, desde hace décadas, con el neoliberalismo e Internet, la política se ha corrompido por el espectáculo mediático y las redes sociales. El Parlamento es un escenario para titulares de veinte segundos. El adversario político se convierte en enemigo a ridiculizar. La derecha española, con Vox a la cabeza, e imitada simiescamente por el PP, ha impulsado esta degradación con el insulto y la provocación como herramientas principales.
Se discute quién insultó a quién, pero no los problemas reales que interesan a la población: precariedad laboral, vivienda, desigualdad, servicios públicos, crisis climática o la situación de los jóvenes. Las redes aceleran el empobrecimiento mental colectivo: un meme se entiende en segundos, mientras un libro exige tiempo. Cuanto más escandaloso es, más circula. La discusión clásica buscaba comprender y convencer; la generalizada reyerta digital actual solo polariza y destruye.
El resultado es un debate famélico: cuando faltan argumentos, aparece el insulto. Es más fácil gritar “comunista”, “rojo”, “zurdo de mierda”, “me gusta la fruta” o “remigración” que analizar las cosas con un mínimo de seriedad. Cuando la política se reduce a eso, nadie aprende nada. Necesitamos recuperar la discusión argumentada: leer más y gritar menos. Sobre todo, la clase política debe tener más ambición intelectual, si realmente pretende dirigir este país para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos.
Esto es clave para quienes buscan una transformación social profunda: debemos explicar qué sociedad queremos, cómo construirla y con qué fuerzas sociales y políticas.
Las ideas son fuerza material cuando interpretan la realidad y movilizan. Frente al ruido y el insulto neoliberal, debemos recomenzar a discutir ideas. Si no lo hacemos, la política seguirá siendo un espectáculo bochornoso y los grandes problemas seguirán asfixiando a la sociedad.
Por José Juan Pacheco Ramos

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