¿Animales yendo a juicio? El curioso método de la Edad Media y el Renacimiento
Los acusado contaban con un abogado que defendiese sus intereses en un "juicio justo"
Carmen Espejo | Mallorca, 19 de Mayo de 2026 | 11:06h

Seguro que cuando estabas en clase delante del libro de historia, nunca pudiste llegar a pensar que pudiese llegar a ser fascinante. Tranquilo, porque eso nos ha pasado a todos. Ni la manera de enseñar era, tal vez, la más entretenida, ni los temas los más apasionantes. Pero si nos ponemos a indagar en según qué capítulos de la historia, ahí es cuando aparecen las tramas capaces de dejarnos con la boca abierta.
Y es que pondríamos la mano en el fuego de que no sabías que entre los siglos XIII y XVIII, los animales eran juzgados por sus delitos al igual que los humanos. Sí, estás leyendo bien. Juzgados por sus delitos.
Durante la Edad Media y principios del Renacimiento, los animales no eran vistos como simples bestias sin conciencia ni sentimientos (en esto sí que iban algo avanzados), sino que creían firmemente que contaban tanto con responsabilidad moral como legal, es decir, eran plenamente conscientes de sus actos y de si lo que hacían estaba bien o mal. Por ello, cuando los humanos consideraban que el animal había cometido un delito se les sometía a un juicio y se les aplicaba la ley como a un humano más.
Y no os vayáis a pensar que esto se lo tomaban a la ligera. No, esto estaba bien estudiado y planeado, dependiendo del animal o el delito y su gravedad.
Por un lado, encontramos los 'Juicios Penales Seculares', más enfocados en juicios individuales, por lo que los protagonistas solían ser animales más domésticos, como cerdos, vacas, perros o caballos que habían sido acusados de delitos graves como podía ser el asesinato.
Tras "cometer el delito" el animal era arrestado y llevado a la prisión como medida cautelar hasta la celebración del juicio. Una vez allí, compartía celda, no con otros animales, sino con humanos y su estancia se mantenía con dinero público. El juicio se celebraba tal y como lo conocemos hoy en día, con un juez, fiscales, testigos y, como marca la ley, al acusado se le adjudicaba un abogado de oficio que llevase a cabo su defensa y asegurarse que tuviera un "juicio justo". Si el animal corría con la mala suerte de ser declarado culpable, la condena más habitual era la de la ejecución pública, ya fuese en la hoguera o ahorcado en la horca.
Por otra parte, encontramos los 'Juicios Eclesiásticos', estos estaban más enfocados hacia colectivos de animales o plagas, como las ratas o según qué insectos.
Como estamos hablando de cantidades muy grandes de estos animales, no podían arrestarlos a todos, por ello, lo que se hacía era mandar una citación judicial que se leía en alto por un alguacil en los campos afectados, por ejemplo, en el caso de una plaga. Como todo era respetando la ley al máximo, estos animales también contaban con un abogado que defendiese sus intereses. En este caso, como dar muerte a tal cantidad de animales era algo difícil, el castigo era la excomunión o una maldición divina, conocida como anatema. Bajo la amenaza de un castigo celestial, se les obligaba a abandonar las tierras que habían ocupado con un plazo de tres días.
En el primer caso sabemos cómo termina la cosa, en este no tenemos tan claro si las langostas acataban las órdenes del juez. Lo que sí sabemos es alguno de los casos reales que se dieron durante esta etapa de la historia.
Durante el año 1386, en Francia, el cerdo de una familia atacó a una bebé en la granja, provocando su muerte. Evidentemente, fue arrestado por este suceso y llevado a juicio por asesinato. Lo más curioso de todo esto es lo que dictaminó el juez. La sentencia fue clara, el animal debía sufrir la ejecución de la misma forma y sufriendo las mismas heridas que él le había provocado al bebé. Por ello, durante la ejecución en la plaza del pueblo se le vistió con ropa humana, como camisas, pantalones o guantes, para dar todavía más solemnidad al asunto.







