Qué es la capa de ozono y por qué es vital para la vida en la Tierra
Su existencia permite que los ecosistemas se desarrollen con normalidad
Alicia D. Romero | Mallorca, 17 de Septiembre de 2025 | 10:30h

La capa de ozono es una franja de gas situada en la estratósfera, entre 15 y 30 kilómetros de altura, cuya función principal es proteger a la Tierra de la peligrosa radiación ultravioleta (UV) proveniente del Sol. Aunque el ozono está presente en distintas partes de la atmósfera, es en esta zona donde su concentración es lo suficientemente alta como para formar un auténtico escudo natural que filtra la mayor parte de los rayos UVB, los más dañinos para los seres vivos.
Este delgado cinturón de gas es esencial para la vida tal y como la conocemos. Su existencia permite que los ecosistemas se desarrollen con normalidad, que las plantas realicen la fotosíntesis sin sufrir mutaciones masivas y que los animales, incluidos los seres humanos, no estén expuestos a niveles letales de radiación. La estabilidad de la capa de ozono es, por tanto, un elemento clave para el equilibrio climático y biológico del planeta.
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UNA BARRERA NATURAL CONTRA LA RADIACIÓN
Gracias a la capa de ozono, la vida en el planeta puede prosperar sin la amenaza directa de la radiación ultravioleta más agresiva. Este escudo absorbe entre el 90 y el 99 % de los rayos UV de alta energía, evitando que lleguen en exceso a la superficie terrestre. De no existir, las consecuencias serían graves: aumento de cánceres de piel y cataratas en humanos, daños irreversibles en el ADN de animales y plantas y alteraciones profundas en las cadenas alimentarias marinas, especialmente en organismos sensibles como el fitoplancton, base de gran parte de la vida oceánica.
Los efectos de una mayor exposición a los rayos UV también se extenderían a los ecosistemas terrestres. Cultivos básicos para la alimentación humana sufrirían pérdidas de rendimiento, y muchas especies de insectos, aves y mamíferos verían alterados sus ciclos de reproducción y supervivencia. Este escenario refuerza la importancia de mantener a salvo la capa de ozono, cuya función es tan silenciosa como vital.
AMENAZAS Y RECUPERACIÓN
Durante el siglo XX, la actividad humana puso en grave riesgo este escudo natural. El uso masivo de clorofluorocarbonos (CFC) en aerosoles, refrigerantes y productos industriales provocó el famoso “agujero de ozono” sobre la Antártida, descubierto en la década de 1980. Estos compuestos, al llegar a la estratósfera, reaccionan con las moléculas de ozono en presencia de luz solar, liberando átomos de cloro que destruyen el ozono de forma acelerada. Cada átomo de cloro puede eliminar miles de moléculas de ozono, generando una reacción en cadena que adelgaza la capa protectora.
La gravedad del problema llevó a una respuesta global sin precedentes. En 1987 se firmó el Protocolo de Montreal, un acuerdo internacional que prohibió progresivamente la producción y uso de los CFC y otros compuestos destructores del ozono. Gracias a esta medida, los científicos han observado signos claros de recuperación. Los niveles de ozono muestran una tendencia positiva, y los modelos climáticos prevén que la capa podría recuperarse casi por completo hacia mediados de este siglo, siempre que se mantengan las regulaciones actuales y se eviten nuevas emisiones ilegales.
El proceso, sin embargo, es lento. Los CFC pueden permanecer en la atmósfera durante décadas, por lo que los efectos de las prohibiciones tardan años en reflejarse plenamente. Aun así, la disminución gradual del agujero de ozono en la Antártida es una prueba de que la cooperación internacional y las políticas basadas en la ciencia pueden revertir incluso las amenazas ambientales más graves.
UN ESCUDO QUE NECESITA CUIDADO PERMANENTE
Aunque los avances son alentadores, los expertos insisten en que la vigilancia no puede relajarse. El cambio climático, la aparición de nuevos compuestos químicos y el aumento de gases de efecto invernadero podrían afectar indirectamente a la estabilidad de la capa de ozono. Alteraciones en las temperaturas de la estratósfera o en los patrones de circulación atmosférica podrían ralentizar la recuperación e incluso generar nuevas zonas de debilitamiento.








