¿Comer rápido engorda más? Esto dicen los estudios sobre la velocidad al comer
Comer deprisa afecta la saciedad, la digestión y el metabolismo
Alicia D. Romero | Mallorca, 28 de Julio de 2025 | 02:00h

Engullir la comida en pocos minutos es una costumbre común en la vida moderna, marcada por la prisa, el estrés y las agendas apretadas. Pero la ciencia advierte que comer rápido no solo afecta la digestión, sino que podría estar directamente relacionado con el aumento de peso. ¿Realmente engorda más comer rápido? Esto es lo que dicen los estudios sobre la velocidad al comer y su impacto en el cuerpo.
COMER RÁPIDO Y EL RIESGO DE SOBREPESO
Diversas investigaciones han encontrado una relación clara entre comer rápido y un mayor índice de masa corporal (IMC). Un estudio japonés publicado en BMJ Open en 2018, con más de 59.000 participantes, reveló que las personas que comían más despacio tenían menos riesgo de obesidad que quienes lo hacían rápidamente. Según los expertos, una de las claves está en la señal de saciedad. El estómago tarda entre 15 y 20 minutos en enviar al cerebro la orden de “ya estamos llenos”, por lo que comer deprisa puede llevar a ingerir más alimentos de los necesarios antes de que esa señal llegue. Este desfase entre lo que se come y lo que el cerebro registra como “suficiente” es uno de los principales mecanismos que explican por qué comer rápido favorece el exceso calórico, incluso cuando el tipo de comida es el mismo.
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MENOR MASTICACIÓN, MÁS CALORÍAS
Comer rápido también suele implicar masticar menos, lo que no solo complica la digestión, sino que favorece la ingesta de alimentos ultraprocesados o ricos en grasas y azúcares. Al no dedicar tiempo a saborear y procesar bien la comida, se pierde el control sobre las porciones y se estimula el consumo excesivo de calorías.
Un estudio de la Universidad de Harvard confirmó que quienes comen más despacio tienden a consumir menos calorías en total y se sienten más saciados durante el resto del día, lo que contribuye a un mejor control del peso a largo plazo. Además, el acto de masticar bien envía señales al sistema digestivo para preparar enzimas, jugos gástricos y movimientos intestinales adecuados, lo que favorece una digestión más eficiente. Comer deprisa interrumpe este proceso natural y puede generar malestar, pesadez e incluso reflujo.
CONSECUENCIAS METABÓLICAS
Más allá del peso corporal, la velocidad al comer también puede influir en otros aspectos del metabolismo. Comer con rapidez se ha asociado con niveles más altos de glucosa en sangre, mayor resistencia a la insulina y un mayor riesgo de síndrome metabólico, un conjunto de factores que incrementan la probabilidad de padecer diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares. Estos efectos se deben en parte al impacto que tiene la velocidad en el control de las porciones y en la calidad de lo que se come. Cuanto más rápido se come, menos conscientes somos de lo que ingerimos, y más difícil resulta escuchar las señales internas del cuerpo. A largo plazo, estos hábitos pueden contribuir no solo al aumento de peso, sino también a desequilibrios hormonales y digestivos que afectan la salud general.
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CAMBIOS SENCILLOS CON EFECTO REAL
La buena noticia es que modificar la velocidad al comer es posible, y puede tener un impacto notable en la salud a medio y largo plazo. Adoptar hábitos como masticar más, no comer frente a pantallas, dejar el móvil a un lado y dedicar al menos 20 minutos a cada comida puede mejorar significativamente el control del apetito.
La estrategia no consiste en comer menos, sino en comer con atención, sin distracciones y a un ritmo más pausado. Esto permite al cuerpo regular mejor las señales de hambre y saciedad, mejora la digestión y ayuda a mantener un peso saludable sin recurrir a dietas extremas. Pequeños cambios como servir porciones más pequeñas, dejar los cubiertos entre bocado y bocado, y centrarse en el sabor de los alimentos pueden marcar la diferencia en la relación entre el cuerpo y la comida.









