Las vivencias de un preso en la cárcel de Palma. Capítulo VI

Las vivencias de un preso en la cárcel de Palma. Capítulo I

Pues llegó el día de entrar en la cárcel. El día anterior me despedí de muchos amigos, pero me sorprendió que al día siguiente, a la hora de entrar, me volviese a encontrar en la puerta de la cárcel a muchos de los que me había despedido un día antes. Lo agradecí por sentirme muy querido y porque también fue una forma que tuvo la vida de demostrarme que no me había equivocado a la hora de elegir a los amigos.

Entré en la cárcel, me hicieron las fotos, la ficha… ¡Ya tenía un código de barras, como en el matadero! Ahora ya soy un delincuente. ¡Mira por dónde, que ya soy algo!

Me hizo una entrevista un psicólogo que estaba enfadado con la sociedad y con él mismo

Me quedé toda la noche en el módulo de ingresos y a las tantas de la madrugada introdujeron en la celda a otro interno que estaba borracho, aunque él me dijo que sólo se había mojado los labios, como Ortega Cano. Me sorprendió un poco porque me contó que había sido francotirador en la guerra de los Balcanes. Yo le puse el apodo de Oriol Llunqueras, no porque pareciese independentista sino porque tenía la mirada un poco perdida. Me contó que le echaron del ejército (cómo no lo iban a echar con aquella vista…, ¡los que debieron salvar la vida gracias a que el francotirador era él!), y no había podido nunca digerir el despido. Desde entonces se mojaba los labios muy a menudo. El día anterior, en un control de alcoholemia, había agredido a varios policías y lo enviaron directamente del Juzgado a la cárcel.

Al día siguiente nos condujeron a un módulo. La cárcel se compone de diferentes módulos, unos quince, de 200 celdas cada uno… Los presos se asignan según los criterios de los psicólogos o por enchufe. Si conoces a alguien, te llevan a un módulo tranquilo y sales antes, como le acaba de pasar a Urdangarin: a él le dejan ir a una ONG y a su socio no, y a él le dan permiso mucho antes que a cualquier otro preso normal en un claro síntoma de cómo funciona el sistema penitenciario. Por eso hay que intentar tomarse toda esta vivencia con sentido del humor.

Como alguna vez suelo apagar el fuego con gasolina, tuve la mala idea de decirle al psicólogo en la entrevista que todas las profesiones eran respetables, que la psicología era también otra enfermedad que se curaba con el tiempo, como la belleza y la edad. Que en la vida nadie era más que nadie.

Mis brillantes palabras hicieron que me llevaran al módulo de los apaches. Tengo una mala costumbre y es la de poner motes: es un mecanismo que tengo de supervivencia apoyado con humor. El módulo era tan peligroso que le puse el de los apaches, y es que daba un poco de repelús. Con las escobas se hacían lanzas, con cualquier cosa se hacían armas.

Abren las barreras y me soltaron en un módulo y salí al patio… Aquello era una mezcla entre The Walking Dead y Torrente.

Tengo una virtud o privilegio y es que nunca he tenido miedo. Y la verdad es que no tener miedo muchas veces puede ser una temeridad, porque te hace ser un poco imprudente, pero me sirvió como mecanismo para poder divertirme en un sitio tan privilegiado.

Nada más salir al patio vi que un preso venía hacia mí: Pensé: “mira qué bien, un vidente que me viene a recibir“. Vidente no porque leyera las cartas, sino porque sólo tenía dos dientes: “¿¿tú qué??”, me dijo, “si me invitas a una Pepsi, aquí no te va a tocar NAIDE”. ¿Naide?. “¡Qué suerte!”, pensé. Bi-dente y catedrático.

La verdad es que sin darme cuenta estaba inmerso en el campeonato intercarcelario de modos y tiempos verbales: NAIDE, SOFALES, LICOTERO,POLIGANO, COCRETA. No os voy a engañar. Desde que he estado allí tengo un vocabulario más rico, más capacidad dialéctica… Aparte de saber desmontar alarmas, sé robar carteras y abrir cerraduras, y me conozco las rutas en barco y después en coche de la droga desde Sudamérica hasta Europa. Vamos, que estoy reinsertado y soy un tío con influencias…

Cómo encajar el ingreso en la cárcel

Casi todos solemos marcarnos objetivos y planes de vida, pero siempre llega la vida y nos los cambia. No elegimos las circunstancias que nos pasan en la vida, pero sí que elegimos qué hacer. Y eso que hacemos es lo que somos nosotros, lo que nos define.

Lo que no podemos permitirnos es que una situación adversa nos haga cambiar nuestra forma de pensar y actuar. Tenemos que ser nosotros quienes dirijamos nuestra vida. En definitiva nuestra fortaleza mental.

Una de las maneras que tenemos de crecer y evolucionar en la vida es aceptar lo que nos pasa, aunque sea injusto o justo, ¡qué más da! Es más difícil de encajar lo injusto:

¿Una enfermedad es justa? No.

¿Un accidente de circulación? Tampoco.

¿La muerte repentina de un ser querido? Menos.

¿Entrar en la cárcel por una denuncia falsa o por un juicio con todo tipo de irregularidades? Menos que menos.

Nos olvidamos muy a menudo de que la rueda de la vida gira y mañana le puede tocar a cualquiera. Dejemos de ser hipócritas y seamos honestos y claros. Que me digan a mí quién no ha cometido un delito en su vida.

¿Quién no ha conducido bebido?

¿Quién no ha firmado un papel en nombre de un familiar?

¿Quién no ha comprado en el top manta?

¿Quién no lleva algo pirata: la ropa, un reloj, un bolso…?

¿Quién no ha bajado música del emule?

¿Quién no conoce a nadie que tenga una persona sin papeles que cuida a un familiar?

¿Quién no intenta pagar al fontanero o al mecánico en negro?

¿Quién no intenta defraudar a Hacienda (porque más del 25% del dinero que circula en España es negro)?

La lista de ilegalidades que se pueden llegar a cometer una persona normal pueden ser infinitas. Nadie se imagina las personas conocidas que puedes llegar a encontrar en la cárcel, personas normales que no han podido pagar la manutención de los hijos o una multa del Juzgado a tiempo. Y, además, de todo tipo de profesiones: médicos, abogados, políticos, vagabundos (que vagabundo es otra profesión respetable).

Entrar en prisión sin miedo

Pocas personas están preparadas para entrar en la cárcel y aún menos han desarrollado la capacidad de perder, de fracasar, de tolerar, de estar frustrados.

Es fácil de encajar lo bueno, los premios, las medallas, los aplausos. Tener siempre buen humor, pase lo que pase, nos hace fuertes, diferentes o especiales, aunque otros nos quieran ver como inmaduros. Las realidades son como los culos: cada uno tiene el suyo.

Después de escuchar y ver todo tipo de irregularidades en mi juicio y condenarme un ilustrísimo magistrado a cuatro años de prisión más IVA sólo me quedó aceptar la nueva situación y tomármela con sentido del humor. Así que en vez de pensar “¿POR QUÉ A MI?”, decidí pensar: “¿POR QUÉ NO A MÍ?“. ¿Por qué ser un penas, si las penas no desgravan a Hacienda? Vamos a aprovechar la oportunidad para crecer.

Me mentalicé de que era una oportunidad para seguir fortaleciéndome como persona. Porque estaréis conmigo en que se crece más en la cárcel que en un crucero. Todos preferimos el crucero. Muchas veces no elegimos las circunstancias que nos pasan en la vida, pero sí podemos elegir qué hacer con ellas.

Pues eso. Ya que estamos aquí, tomemos esta circunstancia como una oportunidad para crecer como persona. Una de las determinaciones que tomé antes de entrar en prisión fue trazar un plan para aprovechar el tiempo y la oportunidad de estar allí y así poder sacar el máximo rendimiento de aquella situación.

Quién sabe si con un blog (como este) o un libro. O quién sabe si para poder preparar a personas normales a que entren en la cárcel sin miedo. Apoyarte en un plan hace que, de entrada, ingreses en la cárcel con otra mentalidad: saber que tú no vas a perder el tiempo, porque, como dice no sé quien, “perder la vida es inevitable, perder el tiempo es imperdonable”.

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