El cerebro de los adolescentes es un cerebro en crecimiento, cuando consumen alcohol se producen daños en zonas específicas, y, según explica el doctor en Psicología Clínica, Jesús Paños, responsable de la Unidad de Psicología Clínica de Infancia y Adolescencia del Hospital San Rafael de Madrid, «no hace falta que hablemos de un consumo regular para que aparezcan graves complicaciones permanentes en nuestro sistema nervioso central, una ingesta leve o algunas intoxicaciones es suficiente para hacerlo».

Para Paños, «es necesario reflexionar sobre los graves efectos que provoca el alcohol, en especial, en un cerebro en crecimiento, el de nuestros adolescentes. No hace falta que hablemos de un consumo regular para que aparezcan graves complicaciones permanentes en nuestro sistema nervioso central, una ingesta leve o algunas intoxicaciones es suficiente para hacerlo».

Una de las áreas que se ve más afectada es el hipocampo, una estructura fundamental para el aprendizaje y la memoria. Escáneres cerebrales realizados en jóvenes alcohólicos revelan que el hipocampo de éstos es significativamente más pequeño que el de los otros adolescentes que no beben alcohol.

Además, el alcohol puede dañar otra estructura fundamental, los lóbulos prefrontales, añade el psicólogo clínico. «Este área se encarga de permitirnos programar acciones, empatizar, planificar, anticipar consecuencias de nuestros actos, controlar nuestros impulsos y mantener intactos nuestros circuitos atencionales. Todas estas funciones son necesarias para aprender, madurar y hacernos responsables y autónomos», señala, lamentando que es una contradicción, ya que «beben para mejorar su estima y parecer mayores y sin darse cuenta se lo impiden al hacerlo».

El experto recuerda que es importante dar información a la población pero no es suficiente para cambiar conductas o actitudes, «se hace necesario algo más. Aprender habilidades y cambiar actitudes».

El experto apuesta por «hablarles con claridad de los efectos indeseables de las drogas y sus consecuencias, no ser modelo de consumo para ellos, entrenarles en hábitos saludables, desarrollar junto a ellos un ocio sano y un interés por actividades que despierten su atención por hacerlas en grupo y superarse (deportes, hobbies, acciones de voluntariado, de cuidado del entorno…), entrenarles en estrategias de autocontrol, ayudarles a tolerar la frustración, entrenarles en la toma de decisiones y en cómo afrontar los problemas».

Asimismo, cree que hay que «educarles en valores, mejorar sus habilidades de comunicación y sus habilidades de relación social, mejorar su estima, enseñarles a pensar y razonar y a identificar y manejar sus emociones, hacerles autónomos, gratificar sus progresos, ser personas significativas y cercanas a sus problemas, escucharles, ponerles límites y razonarlos, ser flexibles, saber dialogar y llegar a acuerdos, enseñarles a planificar, enseñarles a relajarse, supervisar sus amistades y sus actividades fuera de casa, controlar sus horarios, poner normas y felicitar por su cumplimiento, expresarles afecto y amor, y confiar en ellos y expresárselo».

El experto recomienda mejorar las habilidades de los hijos para hacerles más competentes y agrupar en ellos más factores de protección. Para ello recuerda que existen programas, como el desarrollado por la división de Salud Mental de la Organización Mundial de la Salud, un Programa internacional denominado Habilidades para la Vida, que pretende entrenar en los colegios una serie de habilidades con los niños y adolescentes.

«Los estudios demuestran, en grandes grupos de adolescentes, que aquellos que han pasado por este programa, tienen mejor salud general, mejor salud mental, menor consumo de sustancias, menos problemas con la justicia y mejor ajuste laboral», explica.

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