Foto: Reuters

Unas 100.000 personas se han visto desplazadas desde las zonas rurales de las provincias de Badghis, Ghor y Herat, en el oeste de Afganistán, hacia los núcleos urbanos, donde en la mayoría de los casos llegan prácticamente con lo puesto y donde apenas están recibiendo la ayuda que necesitan para poder subsistir. Su situación es desesperada.

“Tengo 55 años y nunca había visto esta situación”, asegura Abdul Qadir. “El año pasado planté 80 kilos de trigo y recolecté el doble. Este año, planté la misma cantidad y no obtuve nada. Nos comimos nuestras semillas”, explica a la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA)

Sin semillas y sin dinero para comprar otras o alquilar un tractor con el que arar sus tierras, Qadir se ha quedado sin cosecha. Además, de las 130 ovejas que tenía, 26 han muerto por la sequía y se vio obligado a vender el resto ya que con los 40 kilos de forraje que cada familia recibía del Gobierno “no era suficiente para mantener vivos a los animales”.

Aquellos que tenían dinero han huido hacia Herat, pero Abdul Qadir y su familia siguen en Baghak, en Badghis. “Muchas familias tienen hijos enfermos, tienen diarrea y no comen lo suficiente” pero “no hay ninguna clínica en nuestra localidad” por lo que deberían llevarlos al hospital en Qala-i-Now, algo que no pueden permitirse sus bolsillos, explica.

La situación de Ibrahim es similar, solo que él sí que se marchó de su aldea en Ghor y ahora reside en Herat. En el caso de este agricultor, la sequía destruyó su cosecha pero lo que le empujó a huir fue también la actuación de los grupos armados en la zona, quienes robaron su ganado. “Sabían que éramos pobres pero veían a mi casa por la noche y reclamaban comida para 20 o 30 de sus combatientes”, recuerda.

“Nosotros también estábamos hambrientos pero se suponía que teníamos que alimentarles con la mejor comida que teníamos”, lamenta. “Como no teníamos nada para seguir sobreviviendo decidimos venir a Herat”, añade.

HERAT, CIUDAD DE ACOGIDA

Hasta esta ciudad, principal centro económico del oeste de Afganistán, han llegado desde mayo miles de familias procedentes de Badghis y Ghor. Según las estimaciones de la ONU, más de 50.000 desplazados por la sequía se han instalado en la ciudad, bien en campamentos improvisados de varias familias o aprovechando los muros de recintos sin terminar, en medio de temperaturas próximas a los 40 grados.

Según el último informe de la OCHA, las familias están cada vez más endeudadas y las organizaciones que trabajan en la protección de los niños, con UNICEF a la cabeza, han registrado más casos de trabajo infantil así como acuerdos de matrimonio tempranos y matrimonio infantil, incluido una recién nacida y niñas de entre 1 y 6 años.

Además, los niños presentan signos de desnutrición y también enfermedades de la piel e infecciones en los ojos, debido al polvo constante en el ambiente. Muchas familias solo realizan una comida al día que en la mayoría de los casos se limita a algo de pan y agua. Aunque normalmente cuando llegan a Herat reciben comida de la ONU y las ONG, esta solo les dura unas semanas, tras lo cual no les queda nada.

Maryam llegó hace tres meses a Herat desde Badghis junto a su marido, sus dos hijos y su suegra. “Llegamos aquí con dos mantas y las vendimos para comprar comida. No hemos comido arroz o carne desde hace ocho semanas”, asegura, explicando que la alimentación de su familia se reduce a “pan que mezclamos con agua”.

Ahora no sabe qué hacer. Le gustaría quedarse en Herat y aprender algún oficio para ganar dinero. Según cuenta, tuvo que pedir prestado dinero a un tendero y ahora no puede devolvérselo. “Dice que se llevará a mi bebé como pago. Sé que si quiere puede hacerlo”, se lamenta.

Pero la sequía, que afecta a 20 de las 34 provincias de Afganistán, también tiene otros efectos colaterales. Sardar subraya que, tras haberse visto obligado a vender sus cuatro burros, tres vacas y 70 ovejas por mucho menos de lo que habría obtenido hace unos años, ha perdido el respeto de la comunidad. “La gente escucha menos lo que tengo que decir”.

Sardar vive en Fahestan, a las afueras de Qala-i-Naw. “Mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre han trabajado estos campos, como he hecho yo toda mi vida”, señala. Sin embargo, el nivel del embalse de agua que abastecía la localidad comenzó a reducirse hace tres años y este año se ha secado.

“Esta es la primera vez que me veo en una situación así”, asegura este padre de familia, que junto a su mujer, su hijo discapacitado y sus tres hijas muchos días se va a dormir con el estómago vacío. “Si no consigo ayuda, tendré que ir y mendigar dinero en las calles”, asegura.

HACEN FALTA SOLUCIONES A LARGO PLAZO

Aunque los más de 100.000 desplazados reciben asistencia de emergencia como agua, alimentos y refugio, “necesitan soluciones a largo plazo que les permitan reconstruir sus medios de vida y generar ingresos”, advierte en declaraciones a Europa Press el jefe de la OCHA en Afganistán, Tareq Talahma.

También se está ofreciendo ayuda alimentaria en las zonas rurales con el objetivo de permitir a la población “quedarse cerca de sus campos y hogares” para que puedan retomar sus vidas lo antes posible, explica el responsable de la OCHA.

“Han perdido su última cosecha cuando los cultivos se secaron y han vendido sus animales. Muchos han tenido que comer semillas para sobrevivir”, subraya. “Ahora, necesitan apoyo para ser capaces de plantar sus campos al final de la estación de carestía en septiembre y octubre dentro de una solución a largo plazo en la que tienen que trabajar estrechamente juntos los socios humanitarios, los socios de desarrollo y las autoridades”.

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