Julio Bastida| Artà | 21/08/2013

Rabia, dolor, llanto y, sobre todo, impotencia eran las sensaciones que podían palparse entre los vecinos de las localidades de Artà y Capdepera en la madrugada de ayer, al ver avanzar las llamas del fuego declarado en Cala Torta. El devastador incendio atacaba con dureza a uno de los parajes más emblemáticos y más castigados de la zona del Llevant. El reloj marcaba la una de la madrugada cuando, apostados en la entrada del Polígon de Capdepera, junto al centro de control del Ibanat, llegaban malas noticias. El viento había cambiado de rumbo y era necesaria la evacuación de los vecinos de la urbanización residencial de Cala Mesquida. Concretamente, todas aquellas viviendas ubicadas en las zonas de Son Barbassa, Son Terrassa y es Cotrí. Protección Civil, Policía Local y Guardia Civil irrumpían en las casas, la gran mayoría de ellas segundas residencias, y les obligaban a abandonarlas por cuestión de seguridad. Se vivieron algunos momentos de tensión y nerviosismo. «Hemos tenido que sacar a un matrimonio que, a pesar de ver que el fuego acechaba su hogar, quería permanecer en su finca luchando contra el mismo con ayuda de una simple manguera y un par de cubos de agua. Al tener que sacarlos por la fuerza, rompieron a llorar desconsoladamente », añadía uno de los integrantes de los equipos policiales. Pasaban los minutos y el alcalde de Capdepera, Rafel Fernández, ordenó que se habilitase el pabellón municipal y que se acondicionara para que todos los desalojados que lo deseasen pudieran pasar allí la noche. «La zona afectada, la gran mayoría de casos, se trata de segundas residencias. Consecuentemente, los afectados disponen de otra vivienda en el pueblo o han sido acogidos por familiares », puntualizan los responsables del operativo de emergencias. A las cinco de la madrugada, el alcalde ordenó el cierre del polideportivo al no ser necesaria su utilización. La Guardia Civil de Tráfico cortó varias carreteras. Eran las dos de la madrugada y el fuego bajaba con rapidez desde la cima de la montaña hacia las laderas. La imagen era dantesca. Estamos hablando de casi seis kilómetros lineales de fuego ardiendo simultáneamente. El reloj marcaba las tres de la madrugada y las brigadas terrestres lo único que podían hacer era tratar de controlar que el fuego no se propagara por las laderas. La zona más alta de las montañas, de imposible accesibilidad por los medios terrestres, no cesaba de arder sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. «Es una pena, pero el fuego se ha iniciado muy tarde y los medios aéreos no pueden actuar hasta que amanezca», apuntaron desde el centro de control. El olor a quemado se impregnaba en la ropa de todos los allí presentes y las cenizas llegaban hasta Porto Cristo y otras localidades. El pueblo estaba roto de dolor y asustado. La noche era larga y, desde la dirección de extinción, se decidió, a las dos de la mañana, pedir refuerzos a la Unidad Militar de Emergencias. 20 días más tarde de que se declarase el incendio más grande registrado en las Balears, los vecinos de Artà y Capdepera, no olvidarán la noche de insomnio que les tocó vivir.

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