Florentino y Santiago, dos caras de una generación que vivió la supresión del ejército obligatorio en España hace 25 años
Florentino y Santiago son dos caras de la misma moneda. Ambos fueron de los últimos jóvenes reclutados para la mili. El primero la hizo convencido de que era su deber, el otro, "antimilitarista" como él mismo se define, representaba el sentir mayoritario de la juventud española de la época.
El servicio militar obligatorio se suprimió oficialmente el 31 de diciembre de 2001, aunque el real decreto que ponía fin a la mili se había aprobado el 9 de marzo de ese año. El último llamamiento e incorporación a los cuarteles se realizó durante el año 2000 y principios de 2001.
LA VISIÓN DE FLORENTINO
Flore, diminutivo con el que llaman a Florentino sus familiares y amigos, tiene casi 45 años, y fue uno de los últimos soldados que hicieron la mili antes de que se suprimiera hace ahora 25 años.
Aunque en ese momento el rechazo al servicio militar obligatorio y la objeción de conciencia eran generalizados, este 'quinto' de una localidad de Cáceres de unos 300 habitantes no solo no reniega sino que se enorgullece de su paso por el ejército.
Los reclutas como Flore eran una minoría en una España en la que de forma mayoritaria los jóvenes se rebelaban contra la mili, algunos por su antimilitarismo y otros porque suponía una pérdida de tiempo que les rompía su vida durante casi un año.
Flore fue reclutado en el primer reemplazo del año 2000. Tenía 18 años y en ningún momento se le pasó por la cabeza objetar. "Yo quería ir. Era una experiencia que no quería dejar pasar", afirma. Tuvo suerte y su destino, la base General Menacho, ubicada en Bótoa (Badajoz), del Ejército de Tierra, estaba relativamente cerca del domicilio familiar y del pueblo de su novia, lo que le permitía verles prácticamente todos los fines de semana.
Sus padres le acompañaron al cuartel el primer día y reconoce que llegó un poco asustado pero no tardó mucho tiempo en coger confianza. "Soy una persona muy abierta y enseguida empecé a tener muy buenas relaciones y amistades", de las que -dice- le costó separarse cuando se licenció.
"Lloramos todos mucho", reconoce Flore, que recuerda que en esa época no había 'smartphones' y era más difícil mantener el contacto con los compañeros, aunque hace un tiempo contactó con uno de ellos por redes sociales y se han vuelto a reencontrar veinticinco años después.
Cuando se le pregunta qué aprendió durante sus meses de mili, responde sin titubear: "A llevar un orden, disciplina, educación y respeto y a ser una persona responsable".
Asegura tener muy buenos recuerdos de los 9 meses que duró su servicio militar, incluso de los mandos, a pesar de que algunos eran "muy duros", y se jacta de que nunca fue arrestado. "Yo intenté hacer las cosas bien y no meterme en líos", comenta.
Uno de los recuerdos que mantiene más vivos es la jura de bandera, un acto en el que estuvo arropado por toda su familia. "Tenía un vídeo en VHS y todo". Tan bien le fue la experiencia que barajó reengancharse como soldado profesional al finalizar la mili, pero le tiraba "mucho el pueblo", asegura. De lo único que se arrepiente de su paso por el cuartel es de haberse gastado todos sus ahorros, "un millón y pico de pesetas" (más de 6.000 euros), en comer y beber en la cantina, pasar las tardes en Badajoz, desplazarse los fines de semana a su pueblo y al de su novia y un largo etcétera.
LA POSTURA DE SANTIAGO
Santiago, casi coetáneo de Flore y "antimilitarista", siempre pensó que cuando le tocara ir a la mili se declararía no ya objetor, sino insumiso, que eran aquellos que no solo rechazaban el ejército sino la prestación social sustitutoria.
Avanzado el año 2000 recibe en su casa una citación informándole de que debe presentarse en un centro de reclutamiento para someterse al triaje, el proceso de selección y clasificación médica utilizado para evaluar la aptitud física y psicológica de los reclutas. El proceso incluía la comprobación de peso, talla, vista, oído y un examen físico general para determinar la clasificación: A (Apto), B (Apto con limitaciones), C (Apto para unidades sedentarias) o D (Inútil total/Exento).
La carta de la citación iba acompañada de un formulario que se debía contestar previamente para presentar en el centro. "En ese momento yo ya decido no rellenarlo porque mi intención era ser insumiso", asegura Santiago. "En esa época y con 18 años había un rechazo claro a la imposición, a que te quiten un año de tu vida. Eso es contrario a lo que puede haber en el cerebro de un joven de esa edad", argumenta.
No obstante, reconoce que su postura fue cómoda puesto que ya existía la intención política de suprimir la mili. La decisión se había acordado en 1996, tras la llegada al Gobierno de José María Aznar como parte de los pactos con CiU, si bien el Consejo de Ministros aprobó el fin definitivo de la mili el 9 de marzo de 2001 mediante un Real Decreto.
"En mi generación, el cien por cien de los jóvenes de 18 años dábamos por hecho que no íbamos a hacerla", reconoce. Fiel a sus principios, Santiago no rellenó el formulario, pero sí lo hizo su padre que había sido testigo de cómo la Policía Militar acudió a la casa familiar buscando a un hermano que no se había presentado a la citación.
No quería que su hijo viviese una situación similar. Y lo presentó en la oficina correspondiente. Pero, Santiago nunca hizo la mili. "No recibí respuesta y ahí se acabó todo", concluye.