¿Por qué tu cuerpo ‘recuerda’ traumas aunque tú no?
Muchas personas lo describen como una reacción “sin motivo”: un nudo en el estómago o en la garganta, un sobresalto exagerado, un pico de tensión
Marina J. Ramos | Mallorca, 08 de Diciembre de 2025 | 09:06h

Hay sensaciones que aparecen sin previo aviso: un nudo en el estómago o en la garganta, un sobresalto exagerado, una tensión en los hombros que no encaja con lo que está pasando fuera. Muchas personas lo describen como una reacción “sin motivo”. Pero la neurociencia y la psicología llevan años diciendo lo contrario: sí hay motivo, aunque a veces no está en los recuerdos conscientes, sino en el cuerpo.
Lo llaman memoria somática, y es una de las áreas más complejas -y fascinantes- de la salud mental. La idea es sencilla: aunque el cerebro racional no recuerde un trauma, el cuerpo registra la vivencia a través de sensaciones, impulsos y reflejos que se repiten mucho después del peligro real. Como si una parte del organismo siguiera viviendo en alerta, atrapada en un loop que la mente ya ha intentado archivar.
Expertos en trauma explican que cuando vivimos una situación límite, el cerebro activa el “modo supervivencia”. Ahí mandan dos estructuras: la amígdala, encargada del miedo, y el sistema nervioso autónomo, que prepara al cuerpo para huir, pelear o quedarse paralizado. Ese mecanismo es perfecto cuando hay una amenaza real, pero el problema aparece cuando el cuerpo no logra “volver a la calma” y la experiencia se queda grabada como un patrón físico. Es entonces cuando surgen esas reacciones automáticas: un sobresalto, un bloqueo, una huida emocional. Y la persona piensa: “No sé por qué me pasa”. Pero el cuerpo sí lo sabe.
La psicoterapeuta estadounidense Bessel van der Kolk -referencia mundial en estudios sobre estrés postraumático- lo resume así en uno de sus análisis: “El cuerpo mantiene la puntuación”. O dicho de otra manera: lo que el cerebro intenta borrar, el cuerpo insiste en recordar.
A nivel fisiológico, esto explica comportamientos que sorprenden incluso a quienes los sufren: personas que se tensan ante un olor concreto, que sienten miedo en espacios que no identifican como peligrosos o que reaccionan de forma desproporcionada a conflictos mínimos. No son manías: son respuestas programadas años atrás. La buena noticia es que ese patrón no es permanente. Según la evidencia recogida por medios especializados, las terapias centradas en el cuerpo -como EMDR, yoga terapéutico, trabajo somático, respiración consciente o terapia de exposición segura- ayudan a “desactivar” esa memoria física. En otras palabras: se puede enseñar al cuerpo que el peligro ya pasó.
Romper el patrón implica paciencia, terapia y una dosis de autocompasión. Porque entender que no eres “dramática” ni “exagerado”, sino alguien cuyo sistema nervioso está intentando protegerle, cambia mucho la narrativa. Te devuelve la sensación de que eres tú quien lleva el volante, no tu trauma. Y quizá ahí esté la clave: recordar que el cuerpo guarda historias no para castigarnos, sino para mantenernos a salvo. La recuperación empieza cuando por fin podemos decirle -con ayuda- que ya no hace falta.
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