"Salir del maltrato es salir de una cárcel": tres mallorquinas que sobrevivieron a la violencia de género
Amanda, Laura y Susana relatan cómo su amor se convirtió en control, miedo y crueldad
Penélope O. Álvarez | Mallorca, 25 de Noviembre de 2025 | 07:09h

La violencia no empieza con un golpe, ni con un empujón, ni con un insulto. Empieza mucho antes, cuando el maltratador entra en tu vida como el hombre más maravilloso del mundo: te regala flores, te recoge del trabajo, te lleva a citas románticas, te cuida como nunca antes lo habían hecho. Te coloca en un pedestal. Te enamoras de él, de cómo te trata, de lo parecido que dice ser a ti, de las aficiones que asegura compartir, de lo perfectamente que encaja en todo. Es ideal. Es perfecto. Te ha atrapado.
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En España, miles de mujeres viven atrapadas cada día en relaciones de maltrato. En 2024, 34.684 mujeres fueron reconocidas oficialmente como víctimas de violencia de género y casi ocho de cada diez (el 77,6%) estaban o habían estado en una relación sentimental con el agresor. Las cifras descienden poco a poco, pero el dolor no lo hace al mismo ritmo. Lo que permanece es el patrón: un amor que al principio deslumbra, dudas que parecen pequeñas, renuncias que se vuelven cotidianas, un miedo que crece. Y, por fin, un día, te ilumina una verdad que lo cambia todo. Las historias de Amanda, Laura y Susana son tres voces que nacieron en silencio, crecieron en la sombra y que ahora cuentan su historia para iluminar a otras mujeres.
AMANDA, UN AÑO DESPUÉS DE SALIR DE LA CÁRCEL
Amanda (33 años) hace un año que “vuelve a respirar”: “El 14 de noviembre celebré mi libertad. Fue el día en el que dije: 'hasta aquí hemos llegado', recuerda emocionada. Estuvo siete años con un hombre que, al inicio, se transformó en todo lo que ella deseaba, sin embargo, ahora sabe que "era un camaleón": tenían las mismas aficiones, reforzaba sus deseos, era amable, atento, detallista. Pero detrás de esa fachada de hombre perfecto había un "mounstruo".
"Tengo todos los tipos de las violencias en el atestado", asegura. La económica, porque no tenía acceso a su dinero; la ambiental, porque a su lado todo era control y miedo; la vicaria, que hizo que su hijo, con autismo, empeorase en vez de mejorar; la sexual, especialmente durante la lactancia, cuando él no respetaba su cuerpo; y la psicológica, la más silenciosa. "No me di cuenta de que era víctima hasta que no empecé el proceso. Pensaba: esto no es normal, pero no quería creérmelo", confiesa.
Uno de los primeros episodios de violencia física que logró recordar ocurrió al principio de la relación: una noche, borrachos y haciéndose cosquillas, él la estampó contra un armario. A la mañana siguiente vio los moratones. Él dijo que había "volado contra el armario", y ella lo creyó. Años después entendió que ese había sido la primera chispa que lo incendiaría todo. "He tenido mucha pérdida de memoria. Todavía estoy recuperándome, tengo estrés postraumático", admite.
El aislamiento y la anulación fue total. Se alejó de su familia y de sus amistades porque él insistía en que “le metían cosas en la cabeza”; dejó de poner música que le gustaba en casa; no podía comprarse ropa, ni unas simples bragas; renunció a estudiar y acabó dejando su trabajo porque él se quejaba de que “no le prestaba suficiente atención”. "No hablaba con nadie. Tuve que dejar el trabajo, estudiar era imposible y me quedé sin amigas". Poco a poco, su existencia quedó reducida a lo que él permitía. En 2022 llegó el episodio que la marcó para siempre: una discusión en la que él se lanzó sobre ella como "un toro bravo". Ese día, recuerda Amanda, "vi el odio y el asco en sus ojos, tuve mucho miedo".
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El maltrato dejó huella en todo su cuerpo: perdió quince kilos en dos meses, se le cayó el pelo, sufrió problemas hormonales, abortos, tensión muscular extrema, la mandíbula se le desencajaba por el estrés. Las secuelas psicológicas fueron aún más profundas: terrores nocturnos, hipervigilancia, miedo constante, tristeza crónica.
La claridad llegó cuando él se marchó unos meses a trabajar fuera y la casa cambió por completo. El niño empezó a dormir mejor, hablar más, tener menos crisis: "La casa era otra sin él". Cuando volvió unos días, todo estalló. Ella ya había abierto los ojos y tenía claros sus límites. Tras dos días de “tortura”, salió de allí con su hijo y se atrevió a denunciar.
El proceso fue (y aún es) largo: tuvo que insistir, ratificar, buscar ayuda en servicios sociales, soportar la desprotección institucional y lidiar con un abogado que no la acompañó como debía. Aunque la administración a veces le ha dado la espalda, sigue adelante gracias a sus compañeras de trabajo, sus amigas y su psicóloga.
Desde entonces ha empezado a recuperar su vida. "Antes no sabía ni qué música me gustaba. Ahora lloro de alegría cuando me compro algo y pienso: es mío", cuenta. Ha recuperado su humor, su identidad, la posibilidad de disfrutar. "Salir del maltrato es salir de la cárcel", resume.
LAURA, EL MIEDO QUE SE INSTALA EN MENOS DE UN AÑO
La relación de Laura, que ha pedido utilizar un pseudónimo, duró menos de un año, pero fue suficiente para desmontarla por completo. Su expareja apareció como alguien sensible, familiar, lleno de historias tiernas sobre su entorno. Desde fuera, quienes la querían ya veían señales, pero ella no empezó a notarlas “hasta casi el final”, justo antes de denunciar. Las primeras señales fueron estallidos repentinos, seguidos de disculpas teatrales, escenas en las que Laura se sentía muy culpable porque él justificaba cada explosión con algo que ella “supuestamente había hecho o dicho” y eso provocó que empezara a creerse responsable de todo.
Las agresiones físicas eran, a simple vista, "pequeñas": pellizcos, empujones, tirones de pelo y que se autoconvencía de que se los merecía. Mientras tanto, él insistía en que sus amigos no la soportaban y que querían separarlos, hasta dejarla prácticamente aislada. No sentía soledad, explica, sino una especie de desconexión: su rutina se reducía a trabajar y luego verlo a él.
Un día algo en ella hizo clic y lo dejó. Él reaccionó con súplicas y promesas, ella volvió, y al instante él volvió a comportarse igual. Entonces fue definitivo y a partir de ahí comenzaron las amenazas: se encontró la palabra "puta" escrita en la puerta de su casa y el felpudo destrozado, además recibió mensajes llenos de odio e insultos, por lo que decidió ir a denunciar, acompañada de su padre.
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El juicio rápido fue una de las experiencias más dolorosas. Laura recuerda que no sabía quién le hacía las preguntas y que, tras cada respuesta, le recordaban el delito de denuncia falsa. Cuando manifestó que no temía por su vida, pero sí por la seguridad de su familia, le respondieron que no había motivo para conceder la orden de alejamiento. Sin protección institucional, no tuvo más remedio que desaparecer: dejó de ir a ciertos lugares y cambió sus horarios. Desde Ibdona recibió apoyo psicológico constante y un teléfono al que podía llamar cuando la ansiedad la desbordaba. Allí pudo comprender que lo que había sentido era miedo, culpa y tristeza profunda. El apoyo de su familia también fue clave.
Laura siente orgullo de haber hecho de su dolorosa experiencia el superpoder de poder acompañar a otras mujeres que están pasando por lo mismo.
SUSANA, CATORCE AÑOS DE VIDA EMPEQUEÑECIDA
La historia de Susana es luna historia de anulación a largo plazo. Fueron catorce años en los que, asegura, nada fluía y todo era difícil. "Nunca fue normal, ni siquiera al principio", explica. Ahora entiende que aquella sensación constante venía de la manipulación que él ejercía desde el inicio. Cada vez que ella le reprochaba algo, él convertía la conversación en un ataque a su forma de decirlo: "¿Cómo me hablas así? ¿Cómo me dices esto así?". Su conducta desaparecía del foco y la culpable pasaba a ser ella: "Él le daba la vuelta a la tortilla siempre", recuerda.
Con el tiempo normalizó la agresividad, las faltas de respeto y los ninguneos. La música que le gustaba, las películas que le gustaban, el ocio que disfrutaba... todo era una "mierda" o era de muy poco nivel cultural para él, por lo que dejó de hacer esas cosas que tanto disfrutaba. Su autoestima quedó, como ella misma dice, "a la altura del betún". La tristeza se volvió permanente. Lloraba en todas partes, incluso en el trabajo. Vivía pendiente de si él "se dignaba a aparecer", porque una de las maneras en las que la torturaba era desapareciendo durante días e incluso semanas. Tenía miedo a quedarse sola y, al mismo tiempo, sentía soledad profunda dentro de la relación. También había momentos en los que no se atrevía a hablar con nadie de lo que estaba viviendo.
El punto de ruptura llegó el día en que él le dijo: “Creo que te estoy dejando de querer”. Esa frase le hizo clic, pensó: "¿Qué hago con una persona que no me quiere? Más claro no me lo puede decir. ¿Hasta dónde voy a seguir?". Entonces se plantó. Le pidió las llaves de su casa, le devolvió las suyas y se marchó. “Allí terminó”, resume.
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Ahora, reconoce que vivía un bucle sin fin: aumento de tensión, estallido, “luna de miel” y vuelta a empezar. Sus compañeras de trabajo le decían que aquello no era normal, pero ella lo justificaba. Para sanar, se apoyó en quienes la querían. Acudió a su médica de cabecera y la derivaron a la enfermera especializada en violencia de género. Aquella profesional la escuchó y la acompañó sin prisa. Sin embargo, la experiencia posterior en la institución a la que la enviaron fue terrible y no volvió, por lo que se volcó en su recuperación con su psicóloga privada y encontró un gran apoyo en un psiquiatra que la estabilizó con el tratamiento adecuado: "Me devolvió las ganas de vivir".
Salir de aquello, asegura, ha sido su mayor logro personal. Está profundamente orgullosa de la fuerza que tuvo para decir “dame las llaves de mi casa, esto se ha terminado”. Describe la relación como vivir "con una venda en los ojos": solo cuando sales eres capaz de entenderlo. Hoy se siente en paz, tranquila, orgullosa de sí misma.
AYUDA
Si tú o alguien de tu entorno está viviendo una situación de violencia de género, es importante recordar que no estás sola. En España existen servicios gratuitos y confidenciales las 24 horas: el 016 ofrece información, apoyo psicológico y asesoramiento jurídico; el 112 atiende emergencias; y también puedes pedir ayuda por WhatsApp en el 600 000 016 o por correo en 016-online@igualdad.gob.es . En Baleares, el Ibdona (971 17 89 89) ofrece acompañamiento especializado, apoyo emocional y orientación para iniciar un proceso de protección.
¿Cuál es la señal de socorro para identificar la violencia de género?
Una mano alzada, con la palma hacia fuera, el pulgar doblado hacia el interior y los cuatro dedos cerrándose sobre...












