Un año después de la DANA en Valencia: las huellas visibles e invisibles que aún permanecen

Los vecinos de la ‘zona cero’ luchan por cerrar un capítulo que marcó sus vidas para siempre

EFE | Mallorca, 25 de Octubre de 2025 | 12:07h

Un año después de la DANA que azotó Valencia el 29 de octubre, las huellas visibles y no tan visibles de esta tragedia siguen muy presentes entre quienes han logrado recomponer sus vidas y aquellos que todavía hoy se esfuerzan por volver a la normalidad.

Doce meses más tarde de aquel fatídico día, las mejoras en las infraestructuras son evidentes en los municipios que resultaron más afectados en la considerada “zona cero”. Sin embargo, el paso de la riada no ha logrado borrarse del todo.

En localidades como Paiporta, Catarroja, Algemesí, Benetússer, Alfafar o Aldaia, muchas fachadas, locales comerciales y bajos lucen como nuevos. Frente a ellos, otros —cada vez menos— siguen destrozados al cumplirse el triste aniversario de aquella catástrofe.

El sonido que domina las calles es el del martillo, la sierra y el metal. Son los vecinos que, 365 días después, siguen reparando portales, bajos y negocios. Las obras se adivinan en cada esquina, y también en el cauce que divide Paiporta, la localidad con más víctimas, donde las máquinas trabajan sin descanso para reconstruir uno de los puentes que el agua se llevó.

La aparente armonía de las calles recuperadas se rompe con puertas de garaje abolladas, cristales cubiertos con cartones, restos de barro en las aceras y alcantarillas, o casas con puertas improvisadas.

En Paiporta, los mensajes de fuerza aún decoran las fachadas: grafitis que en otro momento habrían sido borrados rápidamente hoy recuerdan que “volveremos más fuertes” o que “el pueblo salva al pueblo”.

‘TAULELLETS’ Y MEMORIA: MARCAS QUE EL AGUA NO BORRÓ

Como si el barro y el lodo hubieran detenido el tiempo, el nivel del agua sigue siendo visible en muchos edificios, una marca indeleble del desastre. Algunos vecinos han decidido no olvidar y lo reivindican colocando los típicos ‘taulellets’ valencianos —piezas cerámicas— junto a las puertas de sus casas, marcando hasta dónde llegó el agua aquel día.

En algunos garajes aún se conserva la letra “R” pintada en la entrada, señal de que el sótano ya había sido revisado. Otras puertas y paredes mantienen las huellas de barro dejadas por quienes ayudaron a limpiar las calles tras la catástrofe.

Los descampados que antes parecían cementerios de coches amontonados han desaparecido. Hoy son aparcamientos repletos de vehículos nuevos, con matrículas recientes —M o N— que evidencian el esfuerzo por renovar un parque móvil completamente arrasado.

LAS CICATRICES QUE NO SE VEN

Sin embargo, los avances físicos no se reflejan igual en el plano psicológico. Basta hablar con cualquier vecino para que reviva los recuerdos: dónde estaba, cómo vivió la DANA, cuánto perdió y cómo ha cambiado su vida en los últimos doce meses.

La conversación se repite una y otra vez: qué se salvó, qué se perdió y quién es responsable del desastre.

“Un año después seguimos unos mejor y otros peor. Hay gente sin ascensor, sótanos sin arreglar, bajos sin pintar. No se encuentran operarios para hacerlo todo”, explica Pilar Aguado, vecina de Aldaia, de 73 años.

Pilar se emociona al hablar del impacto psicológico: “Después de tenerlo todo arreglado estás más tranquila, pero estoy hecha polvo. No puedo dormir bien, tomo antidepresivos, me dan temblores. A veces estoy sola y lloro. Nos ha quedado una secuela muy grande, y eso que no perdí a ningún familiar. Los que sí, no levantarán cabeza”.

María del Mar García, vecina de Paiporta, vive el aniversario con tristeza: “Después de un año, esto va muy lento, aunque estamos mejor. La noche de los avisos rojos recientes no dormí; el miedo sigue en el cuerpo”.

También Pilar García, otra vecina, coincide: “El pueblo ya no es el mismo. Estas cosas tardan mucho, va todo muy lento. Hay gente que lo lleva bien y otra que no tanto”.

Hoy, las calles ya no están anegadas, pero la memoria de la DANA sigue viva. Las huellas materiales desaparecen, pero la catástrofe del 29 de octubre permanece como una experiencia compartida de pérdida y resistencia. Una herida colectiva que no se borra con pintura ni cemento.

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