Por qué la pizza sabe mejor al día siguiente, según la ciencia

Descubre cómo se integran los sabores, qué cambios químicos ocurren y cuál es la mejor forma de recalentarla

Alicia D. Romero | Mallorca, 21 de Agosto de 2025 | 14:17h

Guardar un trozo de pizza en la nevera y descubrir que al día siguiente sabe incluso mejor es una experiencia compartida por millones de personas. Lo que muchos consideran un simple capricho culinario no es casualidad: detrás de este fenómeno hay una explicación científica que involucra reacciones químicas, distribución de sabores y la forma en que los ingredientes interactúan con el paso de las horas.

La pizza es un alimento que combina grasa, proteínas, hidratos de carbono y condimentos en una mezcla única. Esta riqueza de ingredientes hace que, al reposar, sus componentes se fundan entre sí y refuercen su sabor. Por eso, aunque recién salida del horno es un manjar, el reposo en frío le otorga un atractivo especial.

LA CLAVE ESTÁ EN LOS SABORES QUE SE MEZCLAN


Cuando la pizza se guarda de un día para otro, los aceites del queso y la salsa de tomate se integran de manera más homogénea en la masa. Esto genera un sabor uniforme y equilibrado en el que cada ingrediente aporta lo mejor de sí. Al mismo tiempo, algunos aromas que pasaban desapercibidos al comerla caliente se intensifican con el reposo.

La grasa del queso es determinante en este proceso. Actúa como conservante natural, protege la textura de la base y evita que la humedad de la salsa arruine la consistencia. Por eso, al probarla al día siguiente, cada bocado resulta más intenso y concentrado.

Este fenómeno no ocurre solo con la pizza: muchos guisos o platos de cuchara ganan en sabor al reposar. La diferencia es que, en el caso de la pizza, el contraste entre lo recién horneado y lo reposado es mucho más evidente para el paladar.

CAMBIOS QUÍMICOS DURANTE EL REPOSO


El contraste entre una pizza recién hecha y una que ha pasado la noche en la nevera también se explica desde la química. Cuando está caliente, gran parte de sus compuestos aromáticos se volatilizan con rapidez, lo que hace que la experiencia se centre en la temperatura y la textura crujiente.

Al enfriarse y reposar, esos compuestos se estabilizan y permanecen más tiempo en la boca al volver a comerla. Además, en la masa se produce un fenómeno conocido como retrogradación del almidón, en el que las moléculas de hidratos se reordenan. Este cambio provoca una textura más firme, menos gomosa, que se percibe sobre todo al recalentarla.

El reposo también favorece la interacción entre la salsa y los condimentos. La acidez del tomate, combinada con las hierbas aromáticas, evoluciona y se integra en el resto de la pizza, creando un sabor más redondo. De esta manera, la experiencia gastronómica del día siguiente no es solo diferente, sino también más rica en matices.

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EL PAPEL DE LA SAL Y LOS CONDIMENTOS


La sal es un potenciador de sabor natural y juega un papel clave en la pizza. Al reposar, permite que se liberen ciertos compuestos aromáticos que intensifican el gusto global. Además, ingredientes como el orégano, la albahaca o el ajo logran impregnarse mejor en la mezcla tras varias horas de reposo, ofreciendo un perfil de sabor más profundo y equilibrado.

De este modo, la pizza no solo conserva su atractivo tras pasar un día en la nevera, sino que lo refuerza. Lo que parecía un simple cambio de temperatura es, en realidad, un proceso químico complejo que explica por qué sabe mejor.

Este fenómeno culinario también tiene un componente cultural: comer pizza al día siguiente es ya una costumbre extendida en muchos países, con defensores tanto de la versión fría como de la recalentada.

¿FRÍA O RECALENTADA?


La ciencia coincide en que ambas opciones tienen su encanto, aunque recalentarla devuelve una experiencia más completa. Cuando el queso vuelve a fundirse, libera sus aceites y permite recuperar parte de la textura original. Los expertos recomiendan hacerlo en sartén u horno para conseguir una base crujiente, mientras que el microondas suele dejarla blanda por efecto de la humedad.

En cualquier caso, tanto fría como caliente, la pizza después de reposar gana matices que la hacen aún más disfrutable. Lo que parecía un mito popular encuentra respaldo en la ciencia de los alimentos: los compuestos químicos se estabilizan, los sabores se integran y los condimentos intensifican su potencia con el paso de las horas.

Así, la pizza se convierte en un plato singular dentro de la gastronomía rápida: una comida que no solo mantiene su atractivo al día siguiente, sino que puede llegar a mejorar. Una razón más para no sentir culpa al guardar un par de porciones en la nevera y darse un capricho con fundamento científico.

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