¿Por qué el queso fundido es tan irresistible? La ciencia detrás del placer
Desde una pizza hasta una raclette, el queso derretido provoca una reacción única en el cerebro
Alicia D. Romero | Mallorca, 29 de Julio de 2025 | 01:00h

Pocos alimentos generan tanta devoción como el queso fundido. Ya sea sobre una pizza humeante, dentro de unas croquetas cremosas o en un bocadillo caliente, su textura sedosa, su aroma penetrante y su sabor intenso lo convierten en una auténtica tentación. Y ese encanto no se debe solo al gusto: hay razones científicas detrás del placer que provoca.
Uno de los grandes atractivos del queso derretido es su textura. Al calentarse, sus proteínas se reorganizan y liberan grasa, dando lugar a una mezcla suave, untuosa y elástica que se funde perfectamente sobre otros alimentos. Ese característico estiramiento -tan típico en la mozzarella-, sumado al chisporroteo que emite al derretirse, activa múltiples sentidos al mismo tiempo.
No es solo una cuestión visual: el sonido también juega su papel. El burbujeo del queso al salir del horno o al fundirse en la sartén despierta el apetito de forma automática. El cerebro interpreta esa sinfonía como un anuncio claro de que algo muy sabroso está por llegar.
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Además, lo cremoso activa receptores orales que nuestro organismo asocia con alimentos energéticos y saciantes, reforzando la sensación de placer.
EL SABOR UMAMI, EL TOQUE QUE ENGANCHA
Muchos quesos, sobre todo los curados, son ricos en glutamato, un compuesto que potencia el umami, ese “quinto sabor” menos conocido pero muy presente en comidas sabrosas y reconfortantes. El umami no solo intensifica el gusto, también genera una percepción de saciedad y bienestar duradero.
Cuando el queso se calienta, estos compuestos se liberan con más intensidad, lo que explica por qué el mismo queso sabe más profundo y complejo al estar fundido. El calor también desencadena reacciones químicas que producen nuevas moléculas aromáticas, elevando el aroma y el sabor a otro nivel.
UN CÓCTEL QUE EL CEREBRO NO IGNORA: GRASA, SAL Y CALOR
Según estudios en neurociencia del gusto, el queso fundido estimula áreas del cerebro relacionadas con la recompensa. ¿Por qué? Porque reúne tres componentes muy potentes:
- Grasa: proporciona energía rápida y favorece la liberación de dopamina, la hormona del placer.
- Sal: realza los sabores y estimula el apetito.
- Calor: intensifica los aromas, multiplica los matices del sabor y mejora la textura.
Esta combinación crea una experiencia placentera parecida a la que provocan otros alimentos muy apreciados por el cerebro, como el chocolate, las patatas fritas o los helados.
¿PODEMOS HABLAR DE ADICCIÓN?
Aunque no llega a considerarse una adicción clínica, el queso -y en especial el queso fundido- tiene un fuerte componente emocional. Durante la digestión, una proteína llamada caseína se transforma en casomorfinas, unas sustancias que pueden interactuar con los mismos receptores del cerebro que los opiáceos (aunque de forma leve y natural).
Este fenómeno podría explicar por qué muchas personas sienten un apego especial al queso o tienen la necesidad de incluirlo habitualmente en sus comidas. No se trata de una dependencia química, pero sí de un lazo sensorial difícil de romper.
UNA DELICIA QUE VA MÁS ALLÁ DEL SABOR
El queso fundido es mucho más que un ingrediente sabroso: es una experiencia multisensorial cuidadosamente “diseñada” por la naturaleza y potenciada por el fuego. Su mezcla de sal, grasa, calor y compuestos umami activa intensamente el cerebro, haciendo que cada bocado resulte reconfortante, satisfactorio y memorable.








