Cuando la calle se convierte en cárcel y el verano en una amenaza diaria
En una chabola improvisada, un matrimonio lucha por resistir mientras el calor asfixia
Isaac Hernández | Mallorca, 03 de Julio de 2025 | 14:47h

La posibilidad de acceder a una vivienda digna en Mallorca es cada vez más difícil. En los últimos meses, se ha podido ver cómo los puentes de la vía de Cintura y de la autopista de Inca se han convertido en el hogar improvisado de muchas personas sin techo. La situación se ha agravado con la llegada del verano, ya que las temperaturas extremas provocadas por la ola de calor que azota al país ponen en riesgo la salud de quienes se han visto obligados a vivir en la calle.
Pasan pocos minutos de las once de la mañana y el termómetro marca ya 33 ºC en Son Forteza, donde Vasilka e Iván han construido su chabola con maderas y plásticos que han ido recolectando. Nos invitan a pasar y, nada más sentarnos a hablar con ellos, el calor se hace insoportable. "No aguantamos más, hace mucha calor, es horrible", asegura la mujer.
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Con ganas de saber cómo llegaron a esta situación, preguntamos a Vasilka, que entiende algo de español e inglés. Tras varios intentos de utilizar el traductor, decidimos comunicarnos mediante signos y palabras clave en inglés, lo cual resulta ser lo más efectivo.
"Mi marido y yo teníamos muchos problemas en Bulgaria. A mí me falta una pierna, perdimos nuestra casa, y todo empezó a complicarse", nos cuenta.
Por esa razón, decidieron emprender una nueva vida y aterrizar en Palma, en busca de un futuro mejor. Sin embargo, no han tenido suerte. "Aquí no podemos pagar nada, todo es muy caro. Es imposible", lamentan.
Vasilka va todos los días a la calle Sant Miquel de Palma a pedir limosna, aunque con las altas temperaturas se le está haciendo cada vez más difícil. "Me he desmayado varias veces en mitad de la calle por el calor que hace", relata. Asimismo, ha explicado que Iván "se encarga de recoger y vender chatarra".
DISTRIBUCIÓN: COCINA, SALÓN, DORMITORIO Y ASEO
En medio de la conversación, el matrimonio nos sigue mostrando la chabola que ha levantado en un paseo situado entre las vías del tren y la autopista de Inca. Lo primero que llama la atención es la cocina -una barbacoa-. Allí estaba preparando una especie de guiso para el almuerzo.
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Dentro de la vivienda improvisada, hay una pequeña mesa con tomate cortado en un cuenco y una bandeja de ciruelas amarillas del supermercado, que nos ofrecen con amabilidad. Más adentro, accedemos al dormitorio, muy simple: una cama y poco más.
Algo que nos llama la atención es su forma de asearse. Nos muestran una pequeña habitación, separada de la chabola, donde guardan botes de gel y champú. "Aquí nos duchamos. Vamos a un parque cercano a llenar garrafas de agua y nos las echamos encima. No tenemos otra forma de hacerlo", explican.
En pleno verano, mientras la mayoría busca el refugio del aire acondicionado o una sombra en la playa, ellos sobreviven con lo mínimo. No hay ventiladores, ni agua corriente, ni un techo firme. Solo una voluntad inquebrantable de seguir adelante, a pesar de todo. Ambos sonríen con dignidad, aunque el cansancio y la desesperanza se asoman en sus miradas
La ola de calor no da tregua, y cada día es una carrera contra el sol, contra el hambre, contra el olvido. En su chabola de Son Forteza, Vasilka e Iván no solo luchan por resistir las temperaturas, sino también por seguir siendo vistos, por no desaparecer entre los márgenes de una ciudad que, para muchos, ya no tiene lugar.









