Las familias de las víctimas no pueden creer que su cayuco acabara al otro lado del océano

Cinco de los más de 50 muertos en el cayuco hallado en Brasil eran familiares de Ali Sokhona, un mauritano que vive en Valencia y luchó durante un año por conocer la verdad

EFE | Mallorca, 30 de Mayo de 2025 | 08:51h

Fotografía tomada el 25042024 en la ciudad de Belém (Brasil), del funeral de los nueve cuerpos de la embarcación encontrada a la deriva en el río Caeté, el 13 de abril de 2024. EFE

Cinco de los 55 hombres que murieron en el cayuco que apareció en abril de 2024 en la costa de Brasil eran familiares de Ali Sokhona, un mauritano que vive en Valencia. Durante un año, Ali emprendió desde España una intensa búsqueda para esclarecer el paradero de su primo hermano Diadie Demba Sokhona y de otros cuatro jóvenes de su pueblo, Tachott. La búsqueda ha terminado para él, aunque no todas las familias implicadas aceptan la realidad.

UNA BÚSQUEDA PERSONAL QUE MOVILIZÓ A CRUZ ROJA Y POLICÍA


En febrero de 2024, tras 25 días sin saber nada de su primo Diadie, Ali Sokhona comenzó a tocar todas las puertas posibles. Denunció la desaparición no solo de Diadie, sino también de Sidi Daouda Sokhona, Hademou Boubou Sokhona, Demba Salou Sokhona y Mohamed Boubou Camara, todos ellos familiares suyos, que partieron junto a él desde Nuadibú el 23 de enero en dirección a Canarias.

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Ali ya conocía el horror de perder a seres queridos en el mar. En 2020, con la reactivación de la Ruta Canaria, desaparecieron otros dos de sus primos, Fodie Ali Sokhona y Salya Diagare Sokhona, que iban a bordo de una patera que nunca fue localizada. Nunca volvió a saber de ellos.

Ahora, sin embargo, tiene certezas: la Policía Federal de Brasil encontró pruebas que confirman que Hademou iba a bordo del cayuco hallado frente a la costa amazónica. Dado que los cinco viajaban juntos, Ali asume que todos murieron de sed durante los 81 días que duró la deriva por el Atlántico.

DE TACHOTT AL ATLÁNTICO: UNA TRAGEDIA QUE PERSISTE EN EL SILENCIO


“La gente no se lo creía. ¿Cómo puede ser de Mauritania a Brasil? Pues mira, en tres, cuatro meses, puedes llegar sin motor. Solo con las olas, llegas a Brasil. Es triste. La gente sigue con esa tristeza”, explica Ali Sokhona. En su región de origen, Guidimaka, asegura que hay más de 300 jóvenes desaparecidos en el océano Atlántico.

Algunas familias de Tachott han aceptado ya la pérdida de sus hijos, pero muchas otras se resisten. Ali no cree que inicien el proceso para identificar los cadáveres anónimos enterrados en Belém, aunque existan perfiles genéticos conservados para posibles pruebas de ADN. “Algunos piensan que ya está, que están muertos. No quieren reabrir la herida”, afirma.

Pero para otros, la esperanza sigue viva. “La mayoría no cree que estén muertos, aunque no hayan vuelto a llamar. Piensan que están en el Sáhara o en Marruecos. Dicen que llaman a sus teléfonos y suena”, cuenta Ali.

Él, como superviviente de dos travesías migratorias, habla desde la experiencia: “Yo soy superviviente de una patera. Sé lo fácil que es morir en ella. Pero los padres nunca se han subido a una patera, no saben el peligro que comporta. Si lo aceptan, bien; si no lo aceptan, pues nada. Pero la búsqueda está muy clara”.

UN SUPERVIVIENTE DE DOS PATERAS Y TESTIGO DEL HORROR


Ali Sokhona no sobrevivió a una sola travesía, sino a dos. En 2006 logró llegar a Canarias, aunque fue deportado a Mali tras hacerse pasar por maliense. Volvió a intentarlo al año siguiente y consiguió establecerse legalmente en España. Hoy trabaja y vive en Valencia, pero lleva en la memoria el peso de esas experiencias.

La segunda travesía fue más tranquila. La primera, en cambio, fue una pesadilla. Se toparon con fuertes oleajes en el Atlántico, embarcaron agua de manera constante y pasaron siete días en condiciones extremas. “Uno de mis compañeros perdió la cabeza y se tiró al mar. Otros dos murieron de sed. Las olas llenaban la barca de agua, y los que se desmayaron murieron en el fondo, sin fuerzas para levantarse”, recuerda con dolor.

“Fue muy duro, muy triste. Pero gracias a Dios yo llegué, tengo suerte, estoy aquí trabajando y estoy bien. Los que no tuvieron suerte están muertos. Los que sí la tuvimos estamos aquí, en Europa, con los papeles, trabajando. La vida continúa”, concluye.

LLAMADA A LA VERDAD Y A LA MEMORIA


Para Ali, la historia del cayuco hallado en Brasil no solo es la confirmación de una pérdida personal, sino también un símbolo del drama migratorio que sigue cobrándose vidas en silencio. Mientras cientos de familias siguen esperando noticias que nunca llegan, él ha decidido dar por concluida su búsqueda. No porque quiera olvidar, sino porque sabe que, para muchos, el duelo solo puede empezar cuando se acepta la verdad.

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