Jóvenes que se autolesionan: "Es la única forma de sentir algo, incluso que estás viva"
Laira Rico expone su historia durante el 'XXIII Seminario Lundbeck' y pone voz a quienes enfrentan problemas de salud mental y el estigma asociado
EFE | Mallorca, 30 de Mayo de 2025 | 16:56h

El trastorno mental grave que a Laia Rico le diagnosticaron con 15 años era "un agotamiento y una tristeza tan, tan profunda que te anula", aunque su entorno lo percibía como “pereza”. Solo cuando se autolesionaba sentía un pequeño alivio, porque el dolor físico le hacía "sentir algo, incluso que estaba viva".
Durante el XXIII Seminario Lundbeck, organizado este viernes por la compañía Lundbeck bajo el título “Alerta joven, ¿por qué están más deprimidos los jóvenes?”, Laia Rico ha querido dar voz a los jóvenes que, como ella, han tenido un problema de salud mental y han sufrido el estigma asociado.
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INICIO DE LOS PROBLEMAS: “NO ENCAJABA EN NINGÚN SITIO”
Laia ha relatado que estaba en segundo de la ESO cuando empezó a notar que algo no iba bien en clase. “Lo primero que recuerdo es sentirme diferente y que no encajaba en ningún sitio. Siempre me ha costado hacer amigos, no tenía ni mi grupito ni mi mejor amiga, pero me llevaba bien con todos, sacaba buenas notas y no me faltaba de nada”, ha explicado.
Luego empezó a dormir mal y a perder el apetito. Aunque no dejó de ir al instituto, en cuanto llegaba a casa se iba directa a la cama, de la que apenas lograba levantarse ni siquiera para ducharse. “Es un agotamiento y una tristeza tan, tan profunda que te anula, no puedes hacer nada”.
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“PARECÍA UN FANTASMA” Y ATAQUES DE ANSIEDAD EN EL INSTITUTO
Su entorno se daba cuenta de su estado, pero no lo entendía: “Lo veían como si fuera pereza, como si yo pudiera hacer algo para cambiarlo”. “Pareces un fantasma”, le decían. En el instituto lo peor eran los ataques de ansiedad que sufría: “Me daban muchísimos ataques de ansiedad”, ha contado. Sin embargo, los propios profesores pensaban que “se le iba la pinza”.
Algo poco habitual fue que un día decidió contar a sus padres que necesitaba ayuda y empezó a ver a una psicóloga, aunque dejó de acudir porque no sintió conexión con ella. El momento más duro llegó en cuarto de la ESO, cuando empezó a autolesionarse: “Es una forma de gestionar las emociones que tienes dentro y que no sabes ponerle nombre, que te abruma tanto que la única solución que ves es hacerte daño para sentir otra cosa que no sea eso. El dolor físico es la única forma de sentir algo, incluso que estás viva”, ha explicado.
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Con otra psicóloga las cosas fueron mejor. Su diagnóstico inicial fue depresión severa, para la que siguió un tratamiento con terapia cognitivo-conductual y muchos antidepresivos. Sin embargo, los antidepresivos no le funcionaron, y años después descubrió que en realidad tenía un trastorno límite de la personalidad.
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Laia nunca ha intentado suicidarse, pero sí ha tenido “muchas ganas de hacerlo”, ideas que todavía la acompañan “no a diario, pero sí semanalmente”. Aunque no sabe si “algún día van a desaparecer”, asegura que ha “aprendido a vivir con ello”.
Hoy le ayuda mucho saber que hay otras personas como ella y dar charlas para ayudarlas en lo que pueda. Sus padres también han aprendido que todo aquello no era por “capricho”, sino porque “realmente pasaba algo grave”.
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“Mirándolo con perspectiva, entiendo que no pudieran hacerlo mejor, porque la educación que habían recibido, la que había en mi casa, era la que era”, reconoce Laia. Con 23 años, asegura que lleva una vida “completamente funcional”, estudia Psicología, tiene pareja estable y viaja siempre que puede. “He descubierto que me encanta viajar”, celebra.











