Decenas de sintecho encuentran en el aeropuerto de Palma a su "única familia"
41 personas duermen a diario en el aeropuerto de Palma, según cifras del Instituto Mallorquín de Asuntos Sociales (IMAS)
EFE | Mallorca, 13 de Marzo de 2025 | 09:34h

Muchos llevan años durmiendo aquí, otros están de paso, o eso esperan. Hay quienes tienen su sitio fijo y quienes lo alternan con otros espacios públicos de Mallorca. Para algunos el aeropuerto es solo un techo bajo el que pasar la noche, pero para otros se ha convertido en el hogar de su "única familia".
Son palabras de José Antonio, una de las 41 personas que duermen a diario en el aeropuerto de Palma, según cifras del Instituto Mallorquín de Asuntos Sociales (IMAS) actualizadas a principios de febrero.
Él tiene su espacio en una esquina del vestíbulo de la planta 4 del aparcamiento. Desde septiembre de 2023 pasa las noches aquí y durante el día va en autobús al centro de Palma o a la zona del Arenal, sin más ocupación que pasearse, comprar algo de comida y hablar con algunos conocidos.
Vive con unos 650 euros mensuales del ingreso mínimo vital, que, según dice, no le alcanzan para pagarse una habitación. De vez en cuando, ayuda de tapadillo con algún trabajo pequeño en empresas de alquiler de coches para sacarse un dinero extra.
Puede hacerlo porque conoce a muchísimos trabajadores del aeropuerto, según cuenta: uno de ellos custodia sus cosas durante el día, otros le dan comida y, en general, todos, sobre todo la Policía Nacional y el personal de seguridad, "se portan de puta madre". Salvo algunos de Aena, reprocha, a quienes ha escuchado llamarlos "chusma".
"AQUÍ SOY FELIZ"
José Antonio, valenciano de unos 50 años, dice que en los albergues no tiene plaza y que últimamente hay demasiados robos. Su primera vez en uno fue hace quince años: "La situación ha cambiado mucho desde entonces", afirma, y responsabiliza de ello a la inmigración ilegal.
"Yo aquí soy feliz", zanja antes de acostarse unas horas, hasta que lo despierte el trajín de la mañana siguiente.
Alexander es uno de sus vecinos de planta. Duerme al lado de una máquina expendedora de comida, un banco y un enchufe donde carga el móvil en el que está escuchando la radio mientras le da los últimos mordiscos a una manzana.
Es carpintero, pero hace ocho años tuvo un accidente de moto que le destrozó el hombro. Desde entonces no puede trabajar de lo suyo, aunque tampoco quiere, confiesa con una sonrisa.
"A mí me basta con la vida libre", añade Alexander, que tiene 38 años, llegó con 21 a España desde su Rusia natal y cuenta que ha recorrido "millones de kilómetros andando".
Vendió todas sus herramientas y ahora solo carga con varias mantas y una guitarra con una cuerda rota que apenas puede tocar por su lesión. Lleva cuatro años combinando el suelo del aeropuerto con las calles de Magaluf.
CADA VEZ MÁS GENTE
Ellos son de esos residentes fijos de Son Sant Joan, que cada vez acoge a más personas sin hogar, según la sensación de varios trabajadores.
En los tres años que Claudia -nombre ficticio- lleva trabajando en una oficina del aeropuerto, "se ha notado muchísimo", sobre todo durante el invierno, aunque teme que el verano y los turistas puedan incitar a los robos. "Hay gente que es legal y no viene a eso, pero hay otra que sí", apunta.
Una empleada de otro negocio lo corrobora: "Vi a un chico cogiendo cosas, me enfrenté a él y me empujó. Tuve que denunciarlo a la Policía y lo acabaron encontrando".
Ambas mencionan también un episodio del pasado enero, cuando un joven que llevaba varios días vagando por el aeropuerto prendió fuego a un árbol y provocó un pequeño incendio que fue sofocado sin mayores consecuencias.
Según fuentes del IMAS, Son Sant Joan, en obras, va a cerrar unas horas cada noche próximamente, pero Aena no ha querido hacer ninguna declaración y los trabajadores entrevistados ven difícil el cierre al tratarse de un aeropuerto internacional.
LA ESPERANZA DE ESTAR DE PASO
Aika -nombre ficticio-, de 45 años, escribe y dibuja en una libreta, apoyada en una columna frente a la puerta de llegadas, con un vaso con algunas monedas.
Es solo su segunda noche aquí y espera no pasar muchas más. Está de paso después de tres meses en el aeropuerto de Málaga, donde sufrió "varios ataques" que prefiere no detallar: "Digamos que los guardas no hacen su trabajo", lamenta.
Ha tenido que instalarse en la terminal porque perdió su conexión de vuelta a Finlandia, de donde salió hace alrededor de un año por la decadencia social y política que, en su opinión, sufre el país.
Una pareja joven ayuda a otro hombre al que, aseguran, alguien le ha robado su documentación al levantarse al baño durante la noche.
"Somos de Palma y no queremos que se sepa que estamos en esta situación. Es una cosa temporal por la falta de trabajo y vivienda", dice él. "Llevamos cinco días y ya se me está haciendo eterno", añade ella, antes de que le empiecen a brotar las lágrimas.







