Vivir a gran altura puede proteger del ictus mortal

EP | 30/09/2021

Una nueva investigación, la primera que examina la incidencia de la hospitalización y la muerte relacionadas con el ictus en personas que viven en altura, ha revelado que las personas que viven a mayor altitud tienen un menor riesgo de ictus y de muerte relacionada con el ictus, y que este efecto protector es mayor entre los 2.000 y los 3.500 metros.

El estudio, publicado en la revista de acceso abierto 'Frontiers in Physiology', ha examinado la incidencia de la hospitalización y la muerte relacionadas con el ictus en personas que viven a cuatro alturas diferentes en Ecuador, e incluye datos recopilados durante 17 años sobre más de 100.000 pacientes con ictus.

El ictus es una de las principales causas de muerte y discapacidad en todo el mundo, que suele producirse por una obstrucción, como un coágulo de sangre, en una de las arterias que suministran sangre al cerebro o dentro de él.

Son ampliamente conocidos algunos de los factores de salud y estilo de vida más comunes que contribuyen al riesgo de ictus, como el tabaquismo, la hipertensión arterial, el colesterol alto y la falta de actividad física, pero hay otro factor que se pasa por alto y que también podría afectar al riesgo de ictus, que es la altitud.

Una mayor altitud implica una menor disponibilidad de oxígeno, por lo que las personas que han vivido en terrenos más altos se han adaptado a estas condiciones. Sin embargo, aún no está claro cómo afecta este entorno a las posibilidades de que alguien sufra un ictus.

Las pruebas anecdóticas sugieren que la exposición a corto plazo a la falta de oxígeno puede contribuir a aumentar la coagulación de la sangre y el riesgo de ictus, pero el riesgo entre las personas que viven permanentemente a gran altura no está claro.

Los investigadores de Ecuador están en una posición única para explorar estos fenómenos, ya que la presencia de los Andes ecuatorianos significa que la gente del país vive en una amplia gama de altitudes.

"La principal motivación de nuestro trabajo fue dar a conocer un problema muy poco explorado", explica el profesor Esteban Ortiz-Prado, de la Universidad de las Américas de Ecuador, y autor principal del estudio.

"Es decir, más de 160 millones de personas viven por encima de los 2.500 metros y hay muy poca información sobre las diferencias epidemiológicas en cuanto a los accidentes cerebrovasculares en altura --prosigue--. Queríamos contribuir a nuevos conocimientos en esta población que a menudo se considera igual que la que vive a nivel del mar, y desde el punto de vista fisiológico somos muy diferentes".

Los investigadores estudiaron los registros hospitalarios de Ecuador entre 2001 y 2017, y evaluaron los niveles de hospitalización y muerte por ictus entre las personas que viven en cuatro rangos de altitud diferentes: baja altitud (menos de 1.500 metros), altitud moderada (1.500-2.500 metros), alta altitud (2.500-3.500 metros) y muy alta altitud (3.500-5.500 metros).

Los resultados mostraron que las personas que vivían a mayor altitud (por encima de los 2.500 metros) tendían a sufrir un ictus a una edad más tardía en comparación con las que vivían a menor altitud. Curiosamente, las personas que vivían a mayor altitud también tenían menos probabilidades de ser hospitalizadas o morir a causa de un ictus. Sin embargo, este efecto protector era mayor entre los 2.000 y los 3.500 metros y disminuía un poco por encima de los 3.500 metros.

La razón que esgrimen de por qué vivir a gran altura puede proteger contra el ictus es que es posible que las personas que viven a gran altitud se hayan adaptado a las condiciones de bajo nivel de oxígeno, y que crezcan más fácilmente nuevos vasos sanguíneos para ayudar a superar los daños relacionados con el ictus. También es posible que tengan una red vascular más desarrollada en el cerebro que les ayude a aprovechar al máximo el oxígeno que ingieren, lo que también podría protegerles de los peores efectos del ictus.

Los investigadores apuntan que es necesario seguir investigando para identificar los mecanismos que se esconden detrás de este fenómeno, pero los resultados pueden servir de consuelo a los que viven en la cima del mundo.

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