La madre del legionario mallorquín fallecido: “espero desarmar en el juicio a los responsables de su muerte"

Esther Ballesteros | 09/02/2020

El próximo 25 de marzo se cumplirá un año desde que al legionario mallorquín Alejandro Jiménez le abatieron de un disparo tras finalizar unas maniobras con fuego real en la base de Agost, en Alicante. Tenía 21 años y formaba parte del tercio Don Juan de Austria 3º de la Legión. De inmediato, el Ejército achacó el suceso al rebote fortuito de una bala que le alcanzó la axila. Tan sólo unos días después el juez decretó el secreto de sumario sobre las diligencias abiertas para esclarecer lo ocurrido. Algo no iba bien. Las arduas investigaciones de la Guardia Civil destaparon, meses después, un cúmulo de irregularidades, ocultación de pruebas y coacciones dirigidas a reforzar la tesis que apuntaba a que su fallecimiento había sido accidental. Su madre, Chari Cruz, habla con Crónica Balear sobre la tragedia. Mientras nos muestra una a una las fotografías de su hijo al jurar bandera, tras haber perdido peso o con sus compañeros de rugby, asegura que, detrás de su pasión por la Legión, había mucho más: su rabia ante las injusticias, sus ironías, sus ganas de estudiar y su sentido del humor -“siempre se partía de risa”-. Y, sobre todo, pide fuerzas a Alejandro para afrontar con entereza la recta final de las investigaciones sobre los hechos y el previsible juicio que se celebrará contra los presuntos responsables de su fallecimiento.

Ha pasado casi un año desde que dispararon a Alejandro. ¿Qué piensa de todas las revelaciones que han salido a la luz desde entonces?

En marzo se cumplirá un año pero para mí hace más tiempo porque la última vez que le vi con vida fue en Navidad. Vino a darme una sorpresa vestido de militar. Yo no sabía que estaba aquí, vino con su coche recién comprado, que era su pasión. Me puse a llorar porque él teóricamente iba a pasar la Nochebuena en Madrid, en casa de su abuela, y el 26 de diciembre ya tenía que estar de servicio. Era mentira, se pasó aquí todas las Navidades, hasta el 5 de enero. Lo hizo para darme una sorpresa porque no le veía desde agosto. Yo le decía: "Alejandro, en cuanto pueda te voy a mandar un paquete, voy a verte...". Tres meses después le tuve que ver como le vi. Muchas veces me pongo sus audios porque me da miedo, sobre todo, olvidarme de su voz. Era un chaval muy feliz que hacía lo que quería, muy cabezota, con un humor muy irónico. Se partía de la risa desde pequeño. Siempre miraba por los demás y yo le decía: "nene, no te metas en líos por los demás". Y él me respondía: "amatxo, yo es que no puedo con las injusticias". Ahora le tocaría estar en Líbano. Me comentaba: "¿tú sabes lo feliz que soy, lo poco que llevo en la Legión y ya estar en una misión real para ayudar a la gente? Me veo como los americanos, dando chocolatinas a los niños de allí. Ya sólo me quedan desfilar por la Castellana el día de las Fuerzas Armadas y el Líbano". Lo que menos imaginaría es todo lo que está pasando a raíz de su muerte.

¿Qué responde a quienes afirman que murió haciendo lo que más le gustaba?

Mucha gente me lo dice, pero yo les respondo: "no os equivoquéis. Por mucho que te dediques a una cosa nunca esperas morir, eso en primer lugar; en segundo, aún menos con 21 años y medio y con toda la vida por delante, y en tercero, no de esta forma". Yo le decía: "me podías haber dicho lo del Líbano cuando te quedara un mes para irte, no ahora", y él me contestaba: "soy el novio de la muerte, estoy para esto". Pero no en una maniobra, no por un mando, no del modo con que luego lo han gestionado todo, mintiendo y ensuciando el honor de mi hijo. Porque, ante todo, Alejandro tenía mucho honor. He recibido cartas de compañeros suyos diciéndome que gracias a él han seguido en la Legión. Medía 1,95 y pesaba más de cien kilos, jugaba al rugby y les decía a los demás cuando comenzó a perder peso: "si yo puedo, tú puedes". Hasta que no conseguía algo no paraba. De hecho, la última vez que le vi ya había perdido más de veinte kilos, pero un compañero me dijo que al final llegó a perder 42. Era un bestia jugando al rugby. En agosto, cuando tenía que haber cumplido 22 años, los compañeros decían: "eres nuestro grandullón preferido, te echamos de menos".

¿Cuándo comenzó su pasión por el Ejército?

Siempre había querido ser militar. La Legión no es una cosa que me agradara o me desagradara y nunca le quité la ilusión. Al contrario, le animaba. "Mamá, esa es mi vida, es lo que quiero", le recuerdo decir. Y mira que lo pasó mal, porque hay que seguir con las pruebas, continuar preparándote física e intelectualmente. No me extraña que tuviera compañeros que abandonan, porque es muy duro. Me mandaba fotos con heridas en las manos, en la cara, los pies llenos de ampollas, aspecto de cansancio... En Líbano iba a permanecer, durante seis meses, como un soldado de misión con un contingente de su tercio. Luego iba a volver y le iban a dar vacaciones. Se quería presentar para piloto de helicóptero del Ejército. Su padre, Juanjo, es piloto civil de helicóptero y trabaja en Salvamento Marítimo. Veo las fotos y lo veo tan contento y tan vivo que no me hago a la idea.

¿Cómo sucedió todo?

Él ya había terminado su ejercicio, estaba esperando a que les dijeran que recogiesen. Que de repente alguien se invente algo sobre un ejercicio, alguien que, además, no tenía que llevar su arma y la lleva, además cargada, y dispara a personas que encima no llevan chaleco antibalas es algo que no me cabe en la cabeza. ¿El motivo? Nadie lo entiende porque el que disparó, el sargento, se niega a hablar. No lo ha reconocido y los otros dos mandos que metieron la pata al principio no van a cambiar ahora la versión. El propio capitán sí ha admitido que se manipularon y ocultaron pruebas. Pero no va a decir: “disparó el sargento”. El capitán y un teniente fueron quienes manipularon la escena.

¿Ha hablado con ellos desde entonces?

El pasado mes de junio, cuando fui a visitar a mi hijo a Málaga, donde están sus cenizas, el capitán estuvo hablándome bien de Alejandro. Me comentó que, si se había producido una negligencia, asumiría la responsabilidad al ser el máximo responsable del ejercicio. Pero cuando se levanta el secreto de las investigaciones y te empiezas a enterar de cosas... Mi hermano Chema y el padre de Alejandro son quienes tienen el trato con todos. Me cuentan las cosas a cuentagotas porque las tengo que saber, pero no todas porque no creen necesario darme ese dolor. Sé que tarde o temprano me voy a enterar. Por ejemplo, el mismo día en que nos encontrábamos en el tanatorio me dijeron que mi hijo había gritado de dolor, luego me hicieron ver que no había sido así, más tarde que sí, y que además había gritado: "me han dado". Eso te hace pensar en cuánto tiempo sufrió. No me cabe en la cabeza y muchas veces pienso: “eras tan grande y tan fuerte que sólo ha podido contigo una bala en el pecho”. Nunca he vivido nada malo con él. El único disgusto que me ha dado -y no ha sido su culpa- ha sido su muerte. Fue un niño buenísimo, nunca tuvo problemas en los estudios, no me dio preocupaciones con las salidas nocturnas... Por eso muchas veces me pregunto cómo es posible que haya padres en este caso que, por muy a favor que estén de su hijo, no le digan: “hablad, que estáis haciendo sufrir a la familia de un chaval que lo tenía todo por delante”.

¿Qué les diría si les tuviera delante?

Sólo te voy a decir una cosa. Yo no sigo en las redes sociales a nadie de estos, pero sí conozco a personas que siguen los pasos del sargento. Un día me comentaron que había colgado una foto muy fuerte en la que hablaba sobre su madre. Entré expresamente y la vi. Era una foto que se hizo un 21 de agosto, un día después del que tenía que ser el 22 cumpleaños de mi hijo, en una feria de Almería junto a su madre, y en ella decía que no hay nada mejor que una familia y que una madre. Y yo no hago más que pensar: “has matado a un chaval, estás en la calle ¿y tienes la cara de poner una foto así? Piensa que a una madre le has dejado sin su único hijo. Este tipo sigue trabajando todos los días y cobrando y mi hijo lleva casi un año incinerado. Me encantaría saber qué es lo que tengo que hacer para que esa persona piense en lo que ha hecho y que su madre, que nunca va a llegar a sufrir lo que he sufrido yo, le diga a su hijo: “yo voy a estar aquí contigo, porque eres mi hijo, pero por favor para ya”.

¿Se ha intentado poner en contacto con usted la madre de alguno de los participantes en la maniobra?

Nadie, ni la del sargento ni la de ningún otro. Los compañeros de mi hijo tampoco llevaban chaleco antibalas, así que si hubiera disparado hacia otro lado podría haber sido otra madre la que estuviera sufriendo. Lo primero que pensé fue: “¿por qué yo?”. Entonces no sabía nada del sumario, creímos en todo momento lo que se nos dijo, que había sido un rebote de bala que le había entrado por la axila. Yo decía: “qué mala suerte que le haya entrado por el único sitio que el chaleco no cubre”. Pero claro, luego te enteras de cosas y te das cuenta de lo surrealista que es todo y de cómo la realidad supera a la ficción en muchos aspectos. Hasta que no se levantó el secreto no pude hablar con la única persona que no se dejó influenciar, que era el compañero de Alejandro en la academia y su binomio. Al principio me dieron a entender que podía haber sido él quien le había disparado, que era un torpe... Hasta que me contó cómo fue. Incluso hay muchas cosas que me las dijo su madre porque él está hecho polvo desde entonces. ¿Como es posible que hoy en día, siendo la Legión uno de los cuerpos de élite del Ejército español, sigan pasando estas cosas? Y que conste que no hablo de la institución como tal, sino de quienes participaron en los hechos. Qué mala suerte tuvo mi hijo al ir a parar con ellos.

El sumario revela que el ejercicio de adiestramiento no estaba suficientemente planificado…

No lo entendemos, porque hay un manual y se supone que tenía que estar todo escrito, y más cuando hay fuego real. En un principio parecía que estaba todo planificado pero luego tuvieron que decir que no lo estaba. El sargento estaba sólo como asesor y ni los tenientes ni el capitán ni él tenían que llevar su arma encima. Por lo tanto, no entendemos por qué la llevaban, encima cargada y, además, que se produjese una ráfaga de tiros. Y, por si fuera poco, se sacan de la manga que disparó porque en la retaguardia venían enemigos. Imagínate a mi hijo, que ya había terminado la maniobra y estaba con la rodilla al suelo, su fusil hacia abajo y, de repente, escuchar los disparos. Cayó a la séptima u octava bala. Se recogieron los casquillos. Nunca he dicho que fuese exclusivamente a por mi hijo, pero que disparó hacia donde él estaba es así. Y además a una distancia de quince metros. Nunca voy a saber qué se le pasó por la cabeza en ese momento. Y como no podemos saberlo, me gustaría que el sargento hablase y reconociese que ha cometido un error.

¿Cuál sería su reacción si así lo hiciera?

Después de todo lo que ha sucedido puede llorar lágrimas de sangre y puedo verle de rodillas, que me daría igual. Para mí fue quien disparó a mi hijo y los que me vinieron a dar abrazos tras los hechos le remataron por ocultar esas vainas de bala, por pisotear la zona, por romper el precinto de la Guardia Civil y por la chulería que han mostrado. Se han reído en mi cara.

¿Y en cuanto a la ministra de Defensa, Margarita Robles?

Todavía estoy esperando a que me vuelva a llamar. Bueno, me llamó para decirme que me invitaba a tomar un café en el Ministerio. Yo no necesito ir al Ministerio a tomarme un café. Lo que necesito es que pongan medios para que esto no pase. Porque a mi hijo nadie me lo va a devolver. Yo podré sonreír, entrar o salir, pero no voy a tener vida porque no voy a poder ver a mi hijo como debería. Y aunque me he mantenido al margen de todo, estoy cansada porque parece que Alejandro no tenía madre. No quiero ninguna notoriedad, pero es muy injusta la preocupación que había por las elecciones, que es normal, pero que la misma persona que sigue en el Ministerio de Defensa me llamara dos veces, una para darme el pésame y la otra para el café, no sea capaz de llamarte ahora que se sabe todo…

¿Tampoco las autoridades de Baleares?

Nadie me ha llamado para nada. Sí, el funeral era privado, no público, pero nadie vino. La verdad, de nada me sirve que me envíen a un concejal porque no les necesito para nada. Sí vino un coronel porque éramos amigos cuando éramos jóvenes y ni siquiera sabía que Alejandro era mi hijo. Si no lo tuvieron en cuenta porque pensaron que fue un accidente, qué mínimo que preocuparse cuando se levantó el secreto. Sé que ha habido algunas personas que han hablado con el padre de Alejandro pero a mí nadie me ha llamado. Siempre estuve con él hasta que se marchó al Ejército. Yo sé lo que quería, pensaba... La vida de Alejandro era el Ejército, el rugby, sus compañeros, su ahijada… No es el legionario mallorquín del que siempre se habla, había muchas más cosas detrás. Apoyo que se sigan conociendo los avances de la investigación, pero se ha tratado más bien el tema militar y judicial cuando hay detrás aspectos sentimentales y humanos, y la única que en un momento dado puede dar ese testimonio soy yo, que soy quien ha vivido todo. Yo puedo ofrecer la voz de lo que él sentía.

¿Cómo era la vida de Alejandro más allá de la Legión?

Se había sacado bachiller y estaba estudiando un grado superior de Administración y Finanzas. Se sacó el carnet de conducir. Quería estudiar Historia. Era alguien muy inteligente. Yo le decía: “me das asco de lo listo que eres” [se ríe]. Y él me respondía: “no soy listo, amatxo, soy inteligente”. No sé de dónde saqué fuerzas pero el día del funeral les dije a los sacerdotes: “quiero hablar”. No recuerdo qué fue lo que dije, pero sí que hablé de mi hijo como Alejandro para la familia, “Jota” para el rugby... En la iglesia no cabía un alma y fuera había el doble de personas. Y no era porque sí, sino porque él era una barbaridad. Del rugby estaban todos sus compañeros. Había sido entrenador de los pequeños. Siempre decía: “soy feliz cuando estoy con los niños, con la vida que llevo”. Tenía entonces 18 años. Durante el funeral recuerdo haber imaginado: “Alejandro debe de estar pensando: a cuánta gente he movilizado”. Miro la última conversación y entonces escucho el audio en el que está partiéndose de la risa hablando maravillas del sargento. Un compañero que vivía con él me comentó que Alejandro se había comprado una libreta impermeable que los militares llevan encima cuando tienen que hacer ejercicios en el agua. Al abrirlo, lo primero que vi fueron los números de interés que tenía apuntados por si le pasaba algo: el del capitán imputado, el teniente imputado y el sargento que le mató. Me entró de todo por el cuerpo. Los tenía como personas de confianza por si le pasaba algo y precisamente el que está en tercer lugar es el que le ha quitado la vida.

¿Qué pensó cuando supo que era el sargento quien había disparado?

Era lo que menos te podías imaginar. Al ver su foto se me partió el corazón porque fue la persona que tuvo las santísimas narices de ponerse junto al féretro de mi hijo, con su bandera y su chapiri, que es lo más importante para un legionario. Pero en ese momento yo no lo sabía. Me dieron la enhorabuena por la entereza y por cómo nos habíamos comportado, y la verdad es que no sé qué esperaban. Recuerdo que pensé: “¿cómo se puede ser tan cínico y tener tan poca vergüenza?”. Y no sólo eso: el capitán iba detrás del sargento cuando en realidad había ocultado pruebas.

¿En qué momento se produjeron las primeras sospechas de que algo no iba bien?

Cuando, después de meter el féretro en el coche para ir al tanatorio, un teniente coronel me dijo que no le dejaban incinerar el cuerpo. Nadie nos decía qué pasaba. El juez ya había decretado el secreto. Debió de ver algo que no era normal. Todo se llevó a cabo en Almería, porque es allí donde se ubica la base en la que estaba Alejandro, en Viator. Había que llevar las cenizas a la iglesia en la que se encuentra el Cristo de Mena o de la Buena Muerte, en el columbario en el que descansan los restos de los legionarios. Sin embargo, permaneció casi tres días más en el tanatorio, solo como la una. No entendía nada. Pensaba: “¿no ha sido un accidente?”. Y luego, cuando te vas dando cuenta de las cosas, ya es tarde. A los dos meses y medio se abre parte del secreto y descubrimos que el sargento es el que ha disparado. Pensé, desconcertada: “¿a santo de qué levantan una parte y no el resto?”. Seguíamos pensando que era un rebote de bala. Por eso, lo que menos te esperas es que a los seis meses, cuando se levanta el secreto por completo, no se puede confirmar si fue un disparo directo porque el sargento se niega a hablar. Sólo espero que el día que se celebre el juicio empiecen a reconocer las cosas. Los otros soldados han llegado a decirle al padre de Alejandro: “queremos contarte la verdad”. Y él tener que ir hasta Almería para que luego ellos se arrepintieran y no le dijeran absolutamente nada. Y no sólo eso. También estuvo en la reconstrucción de lo ocurrido. Me llamó y me dijo que, al pasar por delante de él, los imputados empezaron a reír. Y que una agente de la Guardia Civil le dijo: “usted no ha venido para esto, sino para hacerle justicia a su hijo”. No me los he vuelto a echar en cara. Te prometo que visualizo el día que los tenga enfrente. Espero poder desarmarles con lo que les voy a decir. Estoy pidiéndole fuerzas a Alejandro para que no me vaya por otro camino, porque no quiero caer en insultos. Espero que consiga hacer efecto en ellos y que les quede el remordimiento, que estén el mínimo de horas sin dormir como yo. Quiero luchar y ser fuerte, porque Alejandro ha luchado por sus sueños y yo para que los consiguiera. Eduqué a mi hijo muy bien y no le faltaba el respeto nunca a nadie. Por eso me duele la falta de respeto que le están mostrando a él. Siempre decía que sus compañeros eran su familia. Si por lo menos se hubieran portado como hombres de honor como dicen ser… Pero lo que más me revienta es que sigan trabajando, viendo la luz del día y cobrando su sueldo pagado por todos los españoles mientras mi hijo está en dos urnas bajo tierra.

¿No le gustaría que estuviera más cerca de usted?

Cuando se cumpla el año me gustaría traérmelo porque la vida de Alejandro estaba aquí. En ese momento decidimos que estuviera en Málaga porque, aunque no fuese muy creyente, tenía devoción por su Cristo. El verdadero Cristo de Mena está en Málaga, donde se encuentra la hermandad. Su padre decía: “no me extraña que esté en dos urnas, por lo grande que era y por su corazón”. Su muerte ha trastocado muchas cosas, no sólo a mí sino también al resto de su familia.

Parece ser que a Alejandro no le apetecía ir ese día a la maniobra…

Un día antes de morir le dijo a su compañero de piso, en Jerez, que no tenía ganas de ir a ese ejercicio. Le comentó que tenía un mal presentimiento y que le gustaría quedarse ensayando malabares militares. Después el compañero se lo dijo al capitán. Era la primera vez que a Alejandro no le apetecía ir a la maniobra, porque rebosaba legión por todos lados. Y a mí me dijo, la última vez que hablé con él: “mañana me tengo que levantar a las cinco”. Al día siguiente yo estaba rara y tocada. Y recibí la llamada de su padre a las 20.00. Algo me dijo: “ya está”. “Siento ser yo el que te dé esta noticia. Me han dicho que Alejandro está malherido. Me voy para Alicante”. Quedé tan aturdida que mi pareja tuvo que coger el teléfono. Llamé a mis hermanos sin saber nada, no tenía noticias. A las diez y algo de la noche una ambulancia llegó a casa para decirme que había fallecido y activaron el protocolo de psicología. A su padre se lo dijeron en su trayecto a Alicante. En realidad, Alejandro había recibido el disparo sobre las 18.00 y se certificó su muerte a las 18.40. Murió en el mismo lugar en el que le dispararon. Gritó “me han dado” y se desplomó. La bala le había reventado el pulmón y continuó su trayectoria hasta que le llegó al corazón. Era una bala diseñada para hacer daño. Dentro de esta desgracia, doy las gracias a que mi hijo fuese tan fuerte porque si la bala llega a atravesarle y no se queda en su cuerpo nos hubiéramos quedado con que lo sucedido fue un accidente. La Guardia Civil ha hecho un trabajo espectacular, al igual que el compañero de Alejandro, Francisco, que aportó muchos datos, y el juez, que vio indicios de que algo raro pasaba. No se han dejado influenciar ni amedrentar por los mandos y por la institución. Y eso que al principio quisieron hacerme ver que Francisco había estado implicado en los hechos.

¿Cuántos imputados hay en la causa?

El capitán, dos tenientes, el sargento, un cabo y tres soldados. Todos han declarado lo mismo, con puntos y comas. Al ver el juez que podían estar mintiendo fue cuando ya se negaron a declarar. No me entra en la cabeza que una persona pueda jugar con los sentimientos de una familia. El capitán llegó incluso a decir: “por Alejandro no se puede hacer nada, está donde está. Aquí luchamos por los vivos”. Se lo comentó a todos pero luego Francisco lo declaró. Desde entonces han intentado desacreditarlo, han intentado entrar en su habitación para robarle, le han puesto munición en su taquilla. Se encuentra de baja psicológica desde la muerte de Alejandro. Tengo rabia, impotencia. Yo vivía para las ilusiones de mi hijo, para verle formar una familia...

¿Cómo afronta el final del proceso judicial?

Hasta que no acabe todo esto no voy a poder dedicarme exclusivamente al luto por mi hijo. Hay quienes me dicen: “piensa en lo bueno que has vivido con él”. Pero es que todo eso lo están ensuciando. Esto se hubiera podido solucionar si desde el principio lo hubieran reconocido. Ahora estaría llorando a mi hijo, no con juicios y demás de por medio. Y a todo ello se suma el papeleo. Hace unas semanas, por ejemplo, cerraron su cuenta del banco, por fin. Y es como otro golpetazo, otro mazazo, como si fuese otra forma de recordarme que mi hijo está fallecido. Se sabe que ha muerto por un disparo y tengo que demostrar con certificados e informes que ha fallecido en acto de servicio incluso hasta para poder cerrar su cuenta bancaria. No les ha servido sólo el parte de defunción ni lo que ha salido en la prensa. Esto te lo hacen al principio, cuando estás en shock, y no pasa nada. Ahora me queda lo más duro: ver a esas personas, escucharles en el juicio, declarar, enterarme bien porque allí se expondrá todo. Y no quiero que esto se olvide hasta que no se haga justicia. Luego continuará la ausencia pero ya será en mi mundo interno, con mi gente más íntima… Me podré dedicar entonces a recordar a mi hijo con una sonrisa y no con llanto.

Sentimiento general

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