Las vivencias de un preso en la cárcel de Palma. Capítulo VI

Las vivencias de un preso en la cárcel de Palma.  Capítulo I

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SI ESTÁ EN LA CÁRCEL ES POR ALGO”. Son muchas las personas que funcionan con paradigmas de este estilo y nunca cuestionan nada. Son de las que creen que todas las personas que están en la cárcel son culpables y tendrían que hacérselo pasar mal.

Que no olviden que mañana puede entrar cualquier persona, sea culpable o no, como le paso a n’en Pep,, en Pep Puigdemor.

“¡¡Qué va!!, ¡¡a mí no me puede pasar!!”. Es lo que pensaban muchas de las personas que han pasado por la cárcel o están en ella y que nunca creían que podían acabar en prisión.

Podría contar unos 15 casos parecidos al de hoy, personas que han acabado en prisión y no están por errores judiciales.

Pep era una de las personas que pensaban que habría que obligar a todos los presos que hay en la cárceles a asfaltar carreteras o a limpiar calles, hasta que la vida le dio un revés y acabó en la cárcel por algo que no podía imaginar nunca. Desde ese día se cuestiona muchas cosas y, sobre todo, ha dejado de juzgar y de poner etiquetas, porque, según contaba, él funcionaba podrido de prejuicios. Es lo que tiene poseer una mala autoestima.

Y es que la vida siempre nos pondrá a prueba de una manera o de otra.

Pep tenía una virtud: era y es buena persona. También tenía un defecto: era y es buena persona. Es independentista y por eso le pusimos en Pep Puigdemor. Era un chico muy romántico (ingenuo) y ahorrador que por no gastar no gastaba ni bromas.

Chico ejemplar, hijo único, deportista, con dos carreras -Económicas y Dirección de Empresas-, 23 años trabajando en el mismo sitio, jefe de contabilidad (de los que hacen el amor una vez al mes y con calcetines), con la autoestima por el suelo, matrimonio aparentemente feliz, dos niñas con coletas, mujer de familia aparentemente bien, chalet con dos palmeras en el jardín, Audi familiar con radio Pioneer, fotos y paella todos los domingos en casa de los suegros.

Pep fue otra más de esas personas que un día reciben una llamada que no esperan y que les cambia la vida de golpe y para siempre.

Y esta fue de su padre para que fuese a visitarlo porque tenía que hablar con él. No quería que ni su mujer ni su hijo se preocupasen, hasta que no le quedó más remedio que decir que le habían diagnosticado una enfermedad grave y que tenían que operarle de urgencia. Le pidió si podía sustituirle en la empresa mientras le operaban, se recuperaba y volvía.

Pep le expuso a su mujer lo que le había pedido su padre y estuvieron de acuerdo en que dejara la empresa. Se despidió de la empresa en la que llevaba 23 años y sin ninguna indemnización.

Después de la operación, su padre no tuvo buen pronóstico y empeoró, así que decidió poner las acciones de la empresa a nombre de Pep. Su padre siempre pensó que podría pagar las deudas de la empresa y que si él podía pagarlas, su hijo también. Dos meses después falleció y su madre se quedó viuda y con alzheimer.

Al poco tiempo le llamaron del Juzgado para informarle de que la empresa de su padre tenía una deuda elevada con el Estado, con la IATA, y de que si no la pagaba le podían condenar a pena de prisión. Algunas deudas con el Estado no tienen pena de prisión y otras sí.

Habló con la mujer, le expuso el caso y le pidió si con la casa de los dos podían pedir una hipoteca para solventar la deuda y acabar con el problema. La mujer le dijo que no.
La mujer de sus sueños le quitó el sueño. Cualquier decisión en la vida es respetable, otra cosa es que la persona que tiene un problema lo entienda.

Al año siguiente tuvo el juicio pero al no poder hacer frente a la deuda le condenaron a cuatro años de cárcel. Interpuso recurso ante el Supremo, que le ratificó la condena. Le dieron día y hora para entrar en prisión.

Una persona normal que en unos meses se queda sin padre, sin mujer, sin poder vivir con sus hijos, sin casa, sin trabajo, sin poder atender a su madre y tiene que entrar en la cárcel. Pleno al quince. ¿Qué había hecho Pep? Nada más que querer a su familia.

Y entró en la cárcel más descolocado que el Guernica de Picasso. Cada vez que entraba una persona mal buscaban al capitán Freud. “Llamad a Freud, que entra otro chico en shock. Porque en la cárcel no hay psicólogos para ayudar a internos. Están para evaluar a los internos y crear buen ambiente.

Lo que les pasa a muchas personas es que han visto las típicas películas americanas de cárceles y entran aterrorizadas pensando en lo de la pastilla de jabón en las duchas, etc.

Pues entró Pep en el módulo:

– ¡¡Hola, me llamo tal!!

– Hola, a jo me diven en Pep!! Estic molt perdut i acollonat.

– Tranquilo, Pep, aquí nadie te va hacer morder almohadas. Bueno, depende de ti, a lo mejor algún día decides soplar cuellos o morder almohadas.

– Perdona, ¿cómo me han dicho que te llaman?

– Me llaman Freud.

– Pues Freud, me duele mucho la cabeza. ¿Cómo lo hago para tomar una pastilla?

– No hay, Pep, aquí como no te tomes un DANACOL de la cantina no hay nada más. Si quieres una pastilla para el dolor de cabeza tienes que hacer una instancia al director y posiblemente te conteste en dos meses y la pastilla te llegue en dos meses más.

Y al rato:

– Freud, saps una cosa? Jo sóc independentista!!

– Tranquilo, Pep, que es una enfermedad que se cura con el tiempo, como ser preso o político. Pero está bien ser independentista porque lo tendrás bien para cuando vengan a grabar a presos en el extranjero, podrás ser el protagonista y si invitas a una Pepsi a algunos presos del módulo hasta te pueden hacer un castell y subirte el último para escapar.

– Ho dius en serio?

– No, Pep, no.

Un mes después:

– Freud, tu saps si aquí se pueden comer calçots?

– Sí, calçots pero de plástico que se chupan y no se gastan. Los limpias por la noche y al día siguiente ya los puedes volver a chupar, te compras ketchup o mayonesa en la cantina y a disfrutar,. Pero tienen una cosa buena: como son de plástico no engordan.

– ¿Lo dices en serio, Freud?

– No, Pep, no.

A Pep le tocó compartir celda con el Fairy, que era un hombre que siempre llevaba botines de flamenco parecidos a los que llevaba el Fary, pero a él no le gustaba mucho el jabón, por eso le pusimos el Fairy. Pequeñajo y simpático, era peculiar por su forma de vestir: siempre iba en chándal y con botines, tenía todo tipo de chándales y todo tipo de botines. La primera vez que lo veías no te dejaba indiferente. El día que se quitaba los botines en el patio había que ponerse una mascarilla porque subía la polución de la cárcel y alrededores. Si a Fairy se lo llevan a China y le quitan los botines seguro que acaba con el coronavirus de golpe.

Era una persona muy creyente. Aparte de creer en la reinserción, como la mayoría de presos, creía firmemente lo que decían los fabricantes de desodorantes, que el efecto duraba 48 horas. El Fairy, como era también positivo, creía que el efecto duraba el doble, 96 horas y un poco más.

Lo de dormir en la celda con un compañero está muy bien porque fraternizas. La putada es cuando a las tres de la madrugada se traspasa la barrera del peo. Cuando uno de los dos da un paso más allá de la inmensidad es cuando la veda queda abierta y puede pasar cualquier cosa.

Una mañana, Fairy vino a hablar conmigo a la biblioteca y me dijo:

– Freud, algunas noches Er Puigdemor llora.

– Pues Fairy, tú que estás con él y que tienes experiencia en entrar y salir de la cárcel anímale.

– Si yo le animo, le he dicho que estar en la cárce e güeno, porque aquí haces contactos y cuando sales de aquí puedes dejar er coxe abierto y naide te lo toca. También puedes dejar la casa abierta que naide te roba y también podrá ir con cadenas de oro por la calle, que un preso siempre respeta a otro preso y naide le va a atracar.

– Ah, ¡¡mira qué buenos argumentos!! ¿Y qué te ha dicho Puigdemor?

– Nada, lloraba más.

Por la mañana, en Puigdemor tenía una entrevista con los psicólogos de la cárcel. Tenía esperanzas de que si les explicaba por qué estaba allí saldría enseguida. Por desgracia, para la “junta de maltratamiento” los presos son delincuentes y culpables porque lo dicen sentencias y les importa muy poco su vida. Las entrevistas suelen durar entre uno o dos minutos: entran, te hacen firmar como que te han hecho una entrevista y salen, a no ser que tengan ganas de crear buen rollo, como le pasó en este caso a Puigdemor. Lo que hicieron en vez de escucharle fue preguntarle reiteradas veces qué había hecho con el dinero que no había pagado al Estado, si se lo había gastado en drogas, en mujeres o en máquinas. No le pidieron nada de su vida, sólo le exponían lo que decía la sentencia, que él debía al Estado una cantidad importante de dinero y cómo pensaba pagarla, que si no veían una clara predisposición a pagarla se iba a comer la condena entera.

Puigdemor salió peor que entró. Ese día lo vi muy desanimado. Me dijo que no entendía cómo las entrevistas en las cárceles no se grababan. Le dije: si miras un poco los periódicos de vez en cuando verás que el Defensor del Pueblo está cansado de pedir al Gobierno que en las cárceles españolas tendrían que tener más cámaras y grabar todo lo que sucede, empezando por la entrevistas a los presos.

Está claro que en el siglo en el que estamos si quieren lograr una reinserción clara y efectiva tendrían que empezar siendo trasparentes, algo parecido a lo que pasa en el IMAS: cuando no hay claridad es porque algo hay.

Este capítulo no es de los más divertidos, pero sí nos habla de una realidad que mañana puede ser la de cualquier español.

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