"No voy a sacrificar a los perros, prefiero vivir con ellos en la calle"

Alicia Catalá | 14/04/2019

José Ferrando Alamá tienen 67 años y vive en la calle desde el día 22 de enero. Se le puede encontrar en la plaza Josep Maria Llompart, en el Rafal Vell. No bebe, no fuma, no se droga y sí, podría ir a un albergue social. Sólo hay un problema. Bueno, dos. Se llaman Titán y León y son sus perros.

José tiene un hijo de 41 años que vive con él. Ambos han trabajado durante toda la vida, pero las cosas no han ido bien. Su hijo trata de encontrar trabajos aquí y allí por los que le pagan unos cinco euros la hora, a veces trabaja más, a veces trabaja menos, y todo lo que gana lo invierten en poder comer y vivir con toda dignidad posible, aún en sus circunstancias.

¿Dónde vivía usted antes?

Nosotros vivíamos en Inca, en un piso con un alquiler muy barato. Un día a mi mujer le dio un ictus, y se la llevaron al hospital, a Palma. Entonces me entró el miedo, el terror, yo tenía que estar cerca de mi mujer. Dejé el piso y nos vinimos -señala a los dos perrillos que no se separan de su lado- a Palma.

Mi mujer era valenciana, y llevábamos casados 47 años, era una hermosa mujer, una valenciana preciosa. Y se murió, el 24 de marzo del año pasado. Después todo empezó a ir de mal en peor.

¿Dónde se instalaron cuando llegaron a Palma?

Mi hijo vivía con su mujer y su suegra. Luego empezaron a llevarse muy mal, a discutir muchísimo. Yo empecé a vivir con ellos en enero, pero nos desalojaron. Nos tuvimos que ir una noche como ladrones, para que no viniera la policía. Por lo visto la suegra no pagaba el alquiler desde hacía mucho tiempo, y la propietaria quería vender el piso porque entre impuestos y tal, pues no le daba, era demasiado para ella.

Nos llegó una carta de desalojo del juzgado. La suegra se fue a vivir a calle Aragón, a un alquiler de 800 euros y nosotros nos quedamos en la calle, mi hijo, Titán y León, y yo. No sabíamos que acabaríamos así.

Mucha gente se ha acercado para informarle de que tienen otras opciones, a parte de vivir aquí, en la calle

Sí, pero el problema son los perros. Me dicen que me puedo ir a un albergue, pero que primero me tengo que deshacer de los perros, hasta me han llegado a decir que tengo que sacrificarlos… ¡¿Cómo los voy a matar?! Son como mis hijos, los tengo desde que nacieron, ¿cómo voy a abandonarlos? Son lo único que me queda, ellos me dan cariño, consuelo… a  veces me ofrecen más compasión que cualquier persona.

Los asistentes sociales, el cura del Rafal… vienen a hablar conmigo y todos dicen lo mismo, pero mis perros son mi familia y prefiero vivir en la calle con ellos que en un albergue sin ellos.

¿Y qué hace durante todo el día?


Pues ¿qué voy a hacer? Miro a la gente pasar, a veces doy una vueltecita con Titán y con León, los saco a pasear por el campo, luego vengo aquí, me tomo mi desayuno, si tengo desayuno, mis medicamentos… tengo que tomar seis pastillas diarias… y este es mi día a día. A veces comemos, a veces no comemos -se ríe- me gustaría comerme una langosta, pero no hay manera, oye -vuelve a reír- estamos en la ruina total.

¿A qué se dedicaba antes?

Durante 22 años trabajé en una empresa de mudanzas. Tuve un accidente de tráfico, yo iba en moto y una señora se me tiró encima con el coche, me estampé y desde entonces tengo problemas de cervicales, piernas cadera… por eso tengo que tomar diariamente tantos medicamentos. Pero la verdad es que estoy siempre muy nervioso… esta situación, vivir así… y saber que no puedo hacer nada… Los alquileres son muy caros, piden 600-700 euros, y mi pensión es sólo de 275. Me llega para comer quince días, si llega.

¿Y su hijo?

Mi hijo no para de buscar trabajo, él es pintor y ha trabajado en la obra, pero ahora la gente no quiere trabajadores de más de 40 años, quieren jovencitos de 18, de 20… para enseñarles el oficio. Mi hijo está desesperado y yo sufro mucho por él, porque no consigue nada estable, sólo pequeños trabajos que van saliendo por el barrio.

La situación es muy complicada. Dormimos debajo del escenario, pero el hormigón duele, no tenemos colchón ni nada. A veces pasa alguien de servicios sociales, nos dan un chocolate aguado y unas galletas para que pase así la noche… Y yo, me comería tan a gusto un pan con aceite y tomate… El cura del Rafal me dijo “Dios aprieta, pero no ahoga”, pero la iglesia esté llena de inmigrantes que necesitan ayuda, niños… y yo tengo perros.

¿Los vecinos no se han quejado de ustedes?

No, al contrario. Los vecinos del Rafal intentan ayudarnos, pero claro, nadie te dice “ven a ducharte a mi casa”. Yo procuro estar limpio, pero hace cuatro meses que no me ducho. Tengo el espacio limpio, no molestamos a nadie, no somos borrachos, ni drogadictos, somos personas normales que han tenido mala suerte. Los vecinos nos van ayudando, se han portado maravillosamente, pero a veces no pueden traernos nada.

¿Qué necesitarían para mejorar su situación?

Que Dios me llame -se vuelve a reír- no, no lo sé. No quiero que me den dinero. Sólo quiero un lugar digno para vivir con mis perros, un lugar pequeño, un campo, me da igual. Yo llevaría el mantenimiento… Ni siquiera pido nada para Titán y León, gracias a Dios tengo mucho pienso y les puedo dar agua limpia, no les falta de nada.

José se queda pensativo. Queda un largo fin de semana por delante. Tratará de dormitar un poco, engañar el estómago con cualquier cosa, y disfrutar de lo único que tiene, la compañía de los animales por los que está en esta situación.

Los vecinos, que son los que se han puesto en contacto con Crónica Balear para tratar de ayudar a José, confirman que hacen lo que pueden por ellos, que son gente limpia y honrada, muy trabajadora, que han tenido mala suerte. Muchos, como Bárbara o Pedro -sus apellidos permanecerán en el anonimato- se preocupan por su situación y tratan de darla a conocer para que, como dice José con una sonrisa en los labios “entre todos, se obre el milagro”.

Sentimiento general

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