Loquillo Yo soy un guerrero y los guerreros necesitamos guerras
El cantante Loquillo durante un concierto. EFE


Que no despiste la portada de “El último clásico”, el más reciente álbum de estudio de Loquillo, porque ese aire de cine negro o de precursor de la “nouvelle vague” a lo Jean-Pierre Melville no introduce soniquetes taciturnos, sino canciones enérgicas de un artista que en sus letras sigue armando los cañones.

“Yo soy un guerrero y los guerreros necesitamos guerras. La paz solo la identifico con lo más cercano a la muerte”, subraya José María Sanz (Barcelona, 1960) en una entrevista ante la publicación este viernes de su noveno disco de estudio desde que consolidara su etapa en solitario.

Para entender mejor sus palabras, basta releer el manifiesto que publicó hace solo unos días en redes sobre su filosofía creativa, en el que afirmaba que compone discos “enfadado con el mundo”.

“Siempre lo estoy; si no, seguiríamos en la Edad de Piedra. El conformismo es mal compañero de viaje, sobre todo para un creador. Hay que ser audaz, valiente y no mirarse el ombligo. Escapar todo el rato de tu zona de confort”, ratifica.

Empujado por ese ansia, “hace tiempo que Loquillo no es un cantante que se sube al escenario, sino un concepto global que agrupa a una serie de creadores, autores y compositores que trabajan a favor de obra”, en este caso que nos ocupa, el saber hacer de gente como Gabriel Sopeña, Igor Paskual, Luis Alberto de Cuenca; Marc Ros, Carlos Zenón o Leiva.

“Soy un buen gestor de talento”, dice, “como la correa transmisora, el altavoz”. “Eso me permite aprender y liberarme de cualquier cárcel interpretativa. Cuando veo a músicos de rock en España que hacen discos iguales o que componen diez discos consecutivos sin abrir las ventanas para que corra el aire, pienso que qué aburrida tiene que ser su vida”, argumenta.

El resultado es un álbum “que marcará lo que va a venir”, avisa, y si ‘Balmoral’ (2008) representó el inicio de su carrera al margen de Los Intocables y Los Trogloditas, mostrando durante 10 años “cómo un artista a partir de la edad adulta puede realizar su mejor trabajo”, este “El último clásico” es “el ejemplo claro”.

“En el blues y en el flamenco, se suele dar lo mejor de uno mismo a partir de una edad, pero en este país existía la tradición de abortar todo lo que un artista puede ser a partir de los 45. Se supone que se tiene que ser joven. En lo mío, ser joven es un sarampión y lo mejor está siempre por llegar”, reivindica el único músico que a partir de los 50 años ha cosechado tres números 1 seguidos.

Quien también fuese “demasiado rock para los punks, demasiado punk para los rockers” ofrece en “El último clásico” (Warner Music) una recopilación en diez canciones de todos los “conceptos musicales” relacionados con su pasado, hasta concluir con un guiño discotequero con ecos de Paul Weller llamado “Resucitado” que firma Santi Balmes y que es una pura celebración.

En otras canciones como “Somos los que defendemos”, se define como “verso libre”. A ese propósito, señala que la suya es “una contienda individual” (“Los grandes logros de la humanidad han sido individuales y los grandes destrozos, colectivos”, apostilla).

“Es muy difícil llevar una carrera coherente al margen de los gustos que dominan la situación. Este es un país en el que no se valora el diferencial: hay que ser o aparentar ser lo más normal posible, porque siempre ha gustado mucho señalar con el dedo”, lamenta.

De ahí que se reivindique como “el último de un género y una estirpe”.

“Uno pasa a ser clásico cuando deviene en cultura popular y sus canciones logran traspasar el tiempo y acaban formando parte de la memoria emotiva y sonora de varias generaciones”, afirma.

No habrá de momento gira que acompañe este lanzamiento. La idea de Loquillo es aprovechar lo que gane para financiar la grabación el próximo año de su siguiente iniciativa, musicar el poemario “Europa” de Julio Martínez Mesanza (“ya tengo las maquetas”) y, en 2022, llevar a los teatros sus cuatro discos dedicados a la poesía contemporánea.

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