Sobreviviendo al genocidio en Ruanda
Reuters


«En 1994 yo tenía 17 años y tenía padres, hermanos y hermanas». Como Marceline, unos 95.000 niños quedaron huérfanos durante el genocidio de Ruanda, en el que unos 800.000 tutsis y hutus moderados fueron masacrados durante los cien días posteriores a la muerte del presidente del país, Juvenal Habyarimana, después de que su avión fuera derribado el 6 de abril.

Buena parte de las muertes se produjeron a manos de los ‘interahamwe’, una milicia hutu, pero también de miembros de las fuerzas de seguridad y de los propios ciudadanos, tras una campaña de propaganda centrada en sembrar el odio hacia los tutsis y hacer calar la idea de que «son ellos o nosotros».

«La noche que murió el presidente escuché que dos de nuestros vecinos cuyas mujeres eran tutsis las mataron a ellas y a sus hijos porque consideraban que tenían sangre de ‘serpientes'», señala Donatha, una superviviente. Uno de ellos, precisa, «dividió a sus hijos en dos, los que se iban a quedar con él y los que se iban con su mujer. Los que parecían tutsis eran de su mujer y los que parecían hutus se quedarían con él».

Por su parte, Jossiane asegura que en su localidad todo había comenzado antes de la muerte del presidente. «Muchas personas solo estaban esperando las órdenes para matar», recuerda. Cuando se produjo el ataque, mujeres y niños escaparon al bosque mientras que los hombres, con las armas que pudieron encontrar, montaron una defensa que aguantó una semana hasta que llegaron refuerzos de los ‘interahamwe’. Los hombres huyeron y mujeres y niños decidieron juntarse en tres casas. Pronto fueron localizados y las casas quemadas.

«Quienes escapaban eran atacados con machetes, uno a uno», recuerda Jossiane, que resultó alcanzada en la cabeza pero su asesino paró en el último momento porque otro hombre le dijo que quería quedarse a las mujeres como trofeo. «Toda mi familia fue asesinaba delante de mis ojos», lamenta Jossiane, a la que solo le quedó su hermana de 10 años.

En el caso de Marceline, los ‘interhamwe’ llegaron a donde se encontraba su familia el 9 de abril y «mataron a mi padre y mis seis tíos». El resto de la familia consiguió escapar pero finalmente los milicianos les atraparon. «Mataron a todas las personas con las que estaba, yo soy la única que quedó con vida», relata la mujer, que tenía 17 años entonces.

Su caso no es aislado. Rose también es la única superviviente de su familia. «Los asesinos nos llevaron a un gran hoyo y nos lanzaron a él, tras cortarnos con machetes. No quedó nadie de mi familia salvo yo», cuenta esta superviviente, que entonces tenía 25 años. «Había alguien que respiraba como yo y después de que los asesinos se fueran intentamos escalar pero no pudimos. Al tercer día, conseguí escapar pero la otra persona no lo logró y creo que murió», añade.

A Rose, como a entre 150.000 y 250.000 mujeres durante el genocidio, la violaron y además le contagiaron el VIH. Su historia se repite con muchas de las supervivientes, como es el caso de Adeline, cuyos padres, tres hermanas y dos hermanos fueron asesinados en los primeros días del genocidio.

Ella trató de huir con una hermana pero finalmente fue atrapada. «Cuando se cansaban de matar, los hombres venían hacia nosotras, nos ordenaban que nos quitáramos la ropa y nos violaban por turnos», explica, reconociendo su frustración por no poder hacer nada para evitar que violaran a su hermana de 14 años.

«ME VIOLABA TODOS LOS DÍAS»

Su pesadilla se prolongó durante dos semanas hasta que llegó un vecino que la reconoció y la reclamó como «botín» de guerra. «Me llevó a su casa y me violaba todos los días», afirma Adeline, que gracias a la mediación de su suegra consiguió que su ‘marido’ la reuniera con su hermana, solo para entregársela a un familiar.

«Para mediados de junio quedaban pocos tutsis a los que masacrar, así que los asesinos estaban cada vez más agitados e iban aldea por aldea buscando a toda ‘serpiente’ viva», recuerda la superviviente. Aunque consiguió escapar, decidió entregarse a los ‘interahamwe’ después de que su hermana fuera asesinada, para que acabaran con ella, pero estos lo que hicieron fue violarla en grupo.

Cuando consiguió finalmente escapar, la zona ya había sido liberada por el Frente Patriótico Ruandés (FPR) que comandaba el ahora presidente Paul Kagame. «Parecía un muerto viviente. Estuve caminando y llamando a los asesinos para que me mataran», relata Adeline, que también es seropositiva.

En los casos de las mujeres violadas, además del VIH, muchas se quedaron con un recordatorio de lo vivido en forma de hijos. Según las estimaciones, unos 20.000 niños nacieron fruto de esos abusos, en muchos de los casos sin que sus madres supieran exactamente quién era el padre ya que fueron violadas en múltiples ocasiones.

«Tengo solo un hijo y es el recordatorio permanente del genocidio de 1994», cuenta Agathe, que solo tenía 15 años y fue violada por el marido hutu de su hermana, en cuya casa se encontraba cuando comenzaron las matanzas el 6 de abril. Tras esconderla inicialmente, optó por hacerla su esposa y la dejó embarazada. Su hermana fue asesinada en ese periodo por su familia política.

Agathe, que también tiene VIH, fue rescatada en julio de 1994 y trasladada a un orfanato, donde permaneció hasta que dio a luz. Después trató de irse a vivir con un primo, pero se negó a acoger «al hijo de un ‘interahamwe’. A la propia Agathe su hijo también le generaba rechazo e incluso odio, pero gracias a encuentros con otras mujeres en su situación aprendió a «dejar de insultarle» y a «quererle poco a poco». «A veces temo que cuando yo muera, la gente le encerrará como yo le hice», confesaba hace unos años la mujer.

Su historia se repite en el caso de Jacqueline, a la que el hombre que violó y secuestró a su hermana y la tomó como esposa, también la secuestró a ella cuando fue a visitarla. «Como era virgen, me dolió mucho la primera vez que me violó», recuerda. Tras un intento de suicidio fallido, su ‘marido’ las entregó a otros hombres hutus que se las llevaron a Zaire –la actual República Democrática del Congo–.

«ABANDONÉ A MI HIJA PERO LUEGO VOLVÍ A POR ELLA»

Finalmente, Jacqueline consiguió escapar y regresar a Ruanda. «Estaba embarazada aunque no lo sabía porque me violaron antes de tener la regla. Pensaba que simplemente estaba ganando mucho peso», explica. En mayo de 1995 dio a luz a una niña. «No la quería así que la cogí y la abandoné en el bosque», confiesa. Pero se arrepintió y regresó después.

«Todo el mundo me odiaba por alimentar al hijo de un miliciano y mi tío lo usó como excusa para echarme de su casa», añade. La autoridad local le encontró una pequeña casa en la que vivir con su hija, donde comenzó a visitarla un pariente lejano que también la violó y la volvió a dejar embarazada, abandonándola a continuación.

Ser el único superviviente de su familia dejó en muchos de los niños un trauma del que no es fácil recuperarse. Uyisenga tenía 14 años y no tiene muy claro como murió su familia. «Lo único que sé es que tienen más paz que la que yo nunca podré lograr», subraya.

«No sé por qué me perseguían pero sentía que era lo correcto huir. Ahora sé que debería haberme parado y sumado a la suerte de mi familia. Mi cuerpo fue golpeado con palos y machetes, pero seguí corriendo. Fui violada y abusada, pero todavía tuve el valor de seguir corriendo», relata.

«Estoy entre los muchos muertos pero no estoy enterrada. Soy un testimonio de lo que ocurrió a un millón de otros, para que vosotros y el mundo escuchéis. Esto no le debería ocurrir a nadie (…) Recordándome a mí, recordaréis a todas esas víctimas inocentes (…) Vivo para ser testigo, para contar mi testimonio», asegura.

((Los testimonios de esta noticia han sido recogidos por la organización Survivors Fund))

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