Así se deslizó Ruanda hacia el genocidio hace 25 años
Reuters


Cuando las matanzas de tutsis y hutus moderados comenzaron en Ruanda tan solo horas después de que el presidente del país, Juvenal Habyarimana, y su homólogo de Burundi, Cyprien Ntaryamina, murieran tras ser derribado en Kigali el avión en que viajaban el 6 de abril de 1994, en realidad las luces rojas de alarma llevaban tiempo encendidas pero la comunidad internacional no había querido hacerlas caso.

La relación entre hutus y tutsis llevaba de hecho décadas deteriorándose. Antes de la etapa colonial, los tutsis –el 14% de la población– ocupaban en general los estratos más altos en el sistema social y los hutus –85%– los más bajos, pero había cierta posibilidad de movilidad y ambas comunidades vivían en cierta armonía.

Tras la Primera Guerra Mundial, Alemania cedió Ruanda a Bélgica, que optó por mantener el sistema y gobernó a través de reyes tutsis. En 1932, Bélgica introdujo carnés de identidad en los que se especificaba la etnia de los habitantes: tutsis, hutus y twa –1%–.

Pero las tensiones fueron en aumento, en especial por el rechazo de los tutsis a perder sus privilegios, y en noviembre de 1959 se produjo un levantamiento hutu que se saldó con cientos de tutsis muertos y miles de desplazados, unos 130.000 de los cuales se refugiaron en los países vecinos. Comenzaba así la llamada ‘Revolución campesina hutu’, que se prolongó durante dos años y culminó con el fin del dominio tutsi.

Tras la abolición de la monarquía y la instauración de una república, Ruanda se convierte en independiente el 1 de julio de 1962. La independencia no trajo consigo el fin del conflicto étnico y muchos de los tutsis refugiados en Tanzania y Zaire organizaron en los años siguientes ataques contra objetivos hutus y el Gobierno. En todos los casos, la respuesta de las fuerzas de seguridad provocó nuevos éxodos hacía los países vecinos.

En 1972, el entonces presidente, Gregoire Kayibanda, ordenó que se limitara la presencia de tutsis en el sistema educativo, en el sector público y el sector privado, conforme a su representatividad social, que estimó en el 9%.

En medio de este clima de creciente animadversión y persecución, el general Habyarimana lleva a cabo un golpe de Estado el 5 de julio de 1973. Con él se mantuvo la tendencia pero además surgió en torno a la primera dama, Agathe Kazinga, una camarilla mucho más radical y que en los años siguientes se dedicaría a sembrar el rechazo hacia los tutsis.

Hacia finales de los años 1980 unos 480.000 ruandeses –mayoritariamente tutsis– estaban refugiados en los países vecinos, si bien exigían su derecho a regresar. Pero en 1986, el Gobierno decretó que su retorno no era posible ya que el país no estaba en condiciones de acogerles.

Es en este contexto en el que nace en 1988 el Frente Patriótico Ruandés (FPR), fundado en Kampala (Uganda) como movimiento político y militar y con el objetivo de lograr el retorno de los refugiados y una reforma del gobierno ruandés. La gran mayoría de sus miembros eran tutsis, muchos de los cuales habían servido en el Ejército de Resistencia Nacional que llevó al poder a Yoweri Museveni en Uganda en 1986.

La primera gran ofensiva del FPR llegó en octubre de 1990, pero fue repelida por el Ejército ruandés con apoyo de Francia, Bélgica y Zaire. Como resultado, se recrudeció la represión contra los tutsis, a los que se consideró cómplices del asalto protagonizado por el FPR, en el que murió su entonces líder, Fred Rwigwema, y por tanto traidores, una acusación que se extendió también a hutus opositores. Además, poco antes de la invasión, el partido gobernante, MRND, creó una milicia juvenil conocida como ‘interahamwe’ –los que trabajan juntos–.

El conflicto siguió su curso al igual que la campaña contra los tutsis, hasta la firma en agosto de 1993 de un acuerdo de paz en Arusha (Tanzania) con la mediación de la Organización de Estados Africanos (OUA), que incluía un alto el fuego, un gobierno de transición encabezado por un opositor –el cargo recayó en Agathe Uwilingiyimana– y la fusión entre el Ejército y el FPR.

Además, en octubre de ese mismo año el Consejo de Seguridad dio luz verde a la creación de la Misión de Asistencia de la ONU para Ruanda (UNAMIR) para que acompañara el proceso de paz, que rápidamente quedó claro que no iba a estar exento de obstáculos, ya que el sector más radical entre los hutus intentó desde el principio poner trabas.

En los meses siguientes, la campaña de odio hacia los tutsis fue in crescendo, con la Radiotelevisión Libre de las Mil Colinas –creada en septiembre de 1993– como principal altavoz de la propaganda hutu. Además, se procedió a crear grupos de autodefensa y a armar a la población, incluida la distribución de cientos de miles de machetes.

En este contexto, el 10 de enero de 1994 el comandante de UNAMIR, el general canadiense Romeo Dallaire, envía un fax a la sede de la ONU en Nueva York contando que un alto cargo de los ‘interahamwe’ le ha dicho que los milicianos están preparados “para matar a 1.000 tutsis en 20 minutos”, así como la existencia de cuatro grandes arsenales de armas. La única respuesta que recibió fue que informara de ello al presidente Habyarimana.

Según contó también hace unos años el fuera jefe de la delegación del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) en Ruanda cuando se produjo el genocidio, Philippe Gaillard, “circulaban todo tipo de rumores, también en los círculos diplomáticos, de que algo grave iba a ocurrir”. El 4 de abril Gaillard fue convocado por el nuncio apostólico en Kigali, monseñor Giuseppe Bertelli: “Me confirmó los rumores y me dijo que me mantuviera vigilante y preparado para actuar”.

El 6 abril de 1994, el avión con los presidentes de Ruanda y Burundi se estrella tras ser atacado con un cohete, sin que hasta el momento se haya aclarado quién estuvo detrás del ataque, generando una ola de violencia sin precedentes y nunca vista en el mundo desde el Holocausto.

Menos de media hora después del siniestro, miembros de la Guardia Presidencial comenzaron a asesinar a tutsis y se establecieron rápidamente controles para identificar a los miembros de este grupo. Al día siguiente, la radiotelevisión de las Mil Colinas atribuyó el accidente aéreo al FPR y un contingente de la ONU y llamó a eliminar a las “cucarachas tutsis”.

La respuesta no tardó en llegar y ese mismo día tanto la primera ministra como diez cascos azules belgas de la ONU que la protegían fueron asesinados. Bélgica optó por retirar a su contingente y otros países le siguieron, por lo que la UNAMIR terminaría reducida a tan solo 270 efectivos e incapacitada para actuar y contener la matanza que se estaba produciendo.

“Todos esperábamos muertos tras el asesinato del presidente (…) un gran brote de violencia, con muchos heridos entre los no combatientes, en particular los tutsis”, reconoció con motivo del 20º aniversario el que fuera jefe de la misión de Médicos Sin Fronteras (MSF), Jean-Hervé Bradol.

Lugares tradicionales de refugio, como hospitales o centros religiosos, “se convirtieron en mataderos”, lamentó. Mientras la ONG y el CICR se esforzaban en tratar de atender a los heridos las milicias les decían que su trabajo “no tenía sentido porque iban a matar a todos los tutsis de cualquier modo”.

Ante la gravedad de la situación, y después de que el Consejo de Seguridad reconociera que se estaban produciendo “actos de genocidio”, el máximo órgano de la ONU autorizó la ‘Operación Turquesa’ de Francia el 22 de junio, la cual permitió salvar a cientos de miles de civiles en el suroeste del país.

Finalmente, con el Gobierno interino huido al vecino Zaire desde mediados de junio, el 4 de julio el FPR, ya con Paul Kagame al frente, se hace con el control de Kigali y con ello de todo el país. En los 100 días transcurridos, unos 800.000 tutsis y hutus moderados fueron masacrados y entre 150.000 y 250.000 mujeres violadas.

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