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Los 190 participantes de la cumbre para erradicar la pederastia del seno de la Iglesia, reunidos en el Vaticano hasta el domingo, han escuchado el testimonio de una víctima abusada por un sacerdote durante cinco años que ha explicado que vivió el proceder de la denuncia con un «coste emotivo muy alto».

«Hablar con seis personas de gran sensibilidad, pero solo hombres y por lo demás, sacerdotes, ha sido difícil. Creo que una presencia femenina sería una atención necesaria e indispensable para acoger, escuchar y acompañar a nosotros víctimas», ha revelado esta persona que no ha sido identificada para proteger su privacidad.

«Yo, niña, ¡estaba segura que nada malo podría venir de un hombre que «perfumaba» a Dios! ¿Cómo podían las mismas manos, que a tanto habían llegado sobre mí, bendecir y ofrecer la Eucaristía? Él adulto y yo niña… se había aprovechado de su poder además que de su rol: ¡un verdadero abuso de fe!», ha agregado.

La víctima ha dado cuenta de las consecuencias físicas y psicológicas que sufrió por esas agresiones: «Yo no hablaba, pero mi cuerpo comenzó a hacerlo: problemas alimenticios, varias hospitalizaciones: todo gritaba mi malestar, pero yo, completamente sola, callaba mi dolor. Todo esto era atribuido al ansia por la escuela en donde de repente, me iba muy mal».

«A los 26 años tuve mi primer alumbramiento: ‘flash back’ e imágenes me han vuelto a traer todo a la mente. El parto bloqueado; mi hijo en peligro; el lactar convertido en algo imposible por los recuerdos terribles que afloraban», ha relatado.

Además, ha evidenciado el proceso de recuperación constante para reconstruir en sí misma una identidad, dignidad y fe que hizo «mayormente en soledad y si es posible, con la ayuda de algún especialista».

«El abuso crea un daño inmediato, pero no solamente eso: es más difícil hacer las cuentas cada día con aquello vivido que te invade y se presenta en los momentos más improbables. Deberás convivir con eso… ¡siempre! ¿Por qué a mí? me preguntaba, y no seguramente porque habría preferido que le pase a otro, porque lo que yo he sufrido ¡es mucho para cualquier otro! O sino, Dios, ¿dónde estabas? … ¡Cuánto he llorado haciéndome esta pregunta! No tenía más confianza ni en el hombre ni en Dios, en el Padre-bueno que protege a los pequeños y a los débiles», ha recordado.

También se ha preguntado cómo hacer para superar la «rabia» y no alejarse de la Iglesia después de tal experiencia, sobre todo, frente a la «gravísima incoherencia» entre lo que predicaba y lo que hacía su abusador, así como los que frente a estos crímenes han «minimizado, escondido, silenciado, o peor aún no ha defendido a los pequeños, limitándose mezquinamente a mover a los sacerdotes para que hagan daño en otras partes».

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