Íñigo Errejón Pablo Iglesias
REINER WANDLER


Podemos afronta este jueves su aniversario más amargo, sumido en la que es una de las peores crisis internas que ha atravesado desde su nacimiento hace cinco años, tras la decisión de Íñigo Errejón de renunciar a las siglas del partido en las próximas autonómicas de Madrid y liderar una nueva candidatura vinculada al proyecto de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena.

A menos de cinco meses las elecciones autonómicas, y con todas las encuestas a la baja, el que es uno de los cofundadores de Podemos ha decidido desafiar a la dirección de Podemos y al secretario general, Pablo Iglesias, al plantear una nueva plataforma electoral, sin la marca del partido y con sus propias primarias, en contra de la hoja de ruta aprobada hace meses.

Desde aquel 17 de enero de 2014 en el que Errejón acompañó a Iglesias en la presentación pública de la nueva formación morada, –que entonces se presentó como un “proyecto”, y no un partido al uso, para desbancar a la “casta” y los poderosos–, han cambiado muchas cosas, y una de ellas es precisamente la relación entre los dos dirigentes.

Los dos profesores universitarios que arrancaron esta aventura como amigos se fueron distanciado desde que en marzo de 2016 Iglesias decidiera destituir al entonces secretario de Organización Sergio Pascual, quien era uno de los principales colaboradores de Errejón, acusándole de estar detrás de la crisis del partido en la Comunidad de Madrid, que a día de hoy sigue más abierta que nunca.

La Asamblea de Vistalegre II de febrero de 2017 terminó de romper la relación entre Iglesias y Errejón, después de que el diputado decidiera presentar su propio proyecto estratégico contra el del líder. Su apuesta no tuvo éxito, y la derrota le llevó a perder su condición de ‘número dos’ y su influencia a nivel orgánico y estratégico.

NUMEROSAS CRISIS TERRITORIALES

La relación entre los dos dirigentes no ha sido lo único que se ha resentido en estos cinco años. El acelerado crecimiento que Podemos tuvo que desarrollar a nivel territorial para afrontar todas las citas electorales que se iban produciendo sigue teniendo consecuencias y generando importantes divisiones en algunas organizaciones.

Además de Madrid, donde el conflicto este jueves ha alcanzado sus niveles más preocupantes, el partido atraviesa en estos momentos una situación incierta en Cantabria y La Rioja: en ambos casos, las primarias para confeccionar las listas de las autonómicas fueron paralizadas de forma cautelar por los tribunales a raíz de las diputas internas.

A ello se suma el pulso continuo de la dirección de Podemos en Andalucía, con la anticapitalista Teresa Rodríguez al frente, quién también consiguió esconder la marca ‘Podemos’ en las andaluzas de diciembre; o la inestabilidad de la organización en Cataluña, donde el secretario general volvió a cambiar por quinta vez en cinco años el pasado mes de septiembre.

Además, tanto en Cataluña como en Galicia, Podemos depende de las decisiones de sus socios en estas comunidades, es decir, los ‘comuns’ y las mareas, respectivamente, y su marca juega un papel secundario en los procesos electorales.

A nivel municipal la situación no es mejor en muchos casos. Podemos consiguió en algunas grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Cádiz hacerse con el poder pero como parte de las llamadas candidaturas de unidad popular, que ahora reclaman su identidad propia y se niegan a seguir las reglas de Podemos.

Madrid es de nuevo el caso más representativo, donde la alcaldesa Manuela Carmena todavía no ha aclarado si va a integrar, y cómo a los candidatos de Podemos en su proyecto ‘Más Madrid’, que ahora ha hecho extensivo a la Comunidad tras su alianza con Errejón.

En estos cinco años también ha cambiado llamativamente la cúpula del partido. Del llamado grupo de ‘los cinco’ que pilotó Podemos en sus primeros años, conformado por Iglesias, Errejón, Carolina Bescansa, Luis Alegre y Juan Carlos Monedero, ya sólo queda el secretario general en la primera línea.

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