Si alguna vez has sentido náuseas antes de una presentación importante, o niebla después de una gran comida, entonces conoces el poder de la conexión intestino-cerebro. Ahora, los científicos creen que una sorprendente gama de afecciones, desde los trastornos del apetito y la obesidad hasta la artritis y la depresión, pueden comenzar en el intestino.

Sin embargo, no ha quedado claro cómo los mensajes en este llamado “segundo cerebro” se extienden desde nuestros estómagos hasta nuestro cerebro. Durante décadas, los investigadores creyeron que las hormonas en el torrente sanguíneo eran el canal indirecto entre el intestino y el cerebro.

Investigaciones recientes sugieren que las líneas de comunicación detrás de ese “presentimiento” son más directas y rápidas que la difusión de hormonas. Mediante el uso de un virus de la rabia aumentado con fluorescencia verde, los investigadores de Duke trazaron una señal a medida que viajaba desde los intestinos hasta el tallo cerebral de los ratones. Se sorprendieron al ver que la señal cruzaba una sola sinapsis en menos de 100 milisegundos, eso es más rápido que un abrir y cerrar de ojos.

“Los científicos hablan sobre el apetito en términos de minutos u horas. Aquí estamos hablando de segundos”, explica el autor principal del estudio, Diego Bohórquez, profesor asistente de Medicina en la Escuela de Medicina de la Universidad de Duke, en Durham, Carolina del Norte, Estados Unidos. “Eso tiene profundas implicaciones para nuestra comprensión del apetito. Muchos de los supresores del apetito que se han desarrollado se dirigen a las hormonas de acción lenta, no a las sinapsis de acción rápida. Y esa es probablemente la razón por la cual la mayoría de ellas han fracasado”, añade.

El cerebro capta información de los cinco sentidos: tacto, vista, oído, olfato y gusto, a través de señales eléctricas que viajan a lo largo de largas fibras nerviosas que se encuentran debajo de la piel y los músculos, como los cables de fibra óptica. Estas señales se mueven rápidamente, por lo que el aroma de las galletas recién horneadas parece golpearnos en el momento en que abrimos una puerta.

Aunque el intestino es un órgano sensorial tan importante como los ojos y oídos, después de todo, saber cuándo nuestro estómago necesita un relleno es la clave para la supervivencia, los científicos pensaron que transmitía sus mensajes de varias maneras, un proceso algo indirecto. Se pensaba que los nutrientes en el intestino estimulaban la liberación de hormonas, que entraban al torrente sanguíneo minutos u horas después de comer, y finalmente ejercieron sus efectos sobre el cerebro.

UNA SUPERAUTOPISTA NEURONAL CON MENSAJES DEL INTESTINO AL CEREBRO

En parte era cierto: ese triptófano en una comida de pavo es importante por su transformación en serotonina, el químico cerebral que te hace sentir somnoliento, pero Bohórquez sospechaba que el cerebro tenía una forma de percibir señales del intestino más rápida y se dio cuenta de que las células sensoriales que recubren el intestino compartían muchas de las mismas características que sus primos en la lengua y en la nariz.

En 2015, publicó un estudio histórico en ‘Journal of Clinical Investigation’ que muestra que estas células intestinales contenían terminaciones nerviosas o sinapsis, lo que sugiere que podrían acceder a algún tipo de circuito neuronal. En este estudio, que se publica este viernes en la revista ‘Science’, Bohórquez y su equipo se propusieron mapear ese circuito.

Primero, la investigadora postdoctoral Maya Kaelberer bombeó un virus de la rabia que llevaba una etiqueta fluorescente verde en el estómago de ratones y vio que el virus había etiquetado el nervio vago antes de aterrizar en el tallo cerebral, mostrándole que había un circuito directo.

A continuación, Kaelberer recreó el circuito neuronal del cerebro-intestino mediante el crecimiento de células intestinales sensoriales de ratones en el mismo plato con neuronas vagales. Ella vio las neuronas arrastrarse a lo largo de la superficie del plato para conectarse a las células intestinales y comenzar a enviar señales. Cuando el equipo agregó azúcar a la mezcla, la velocidad de activación se aceleró.

Kaelberer midió la rapidez con la que se comunicó la información del azúcar en el intestino y se sorprendió al encontrar que era del orden de milisegundos. Ese hallazgo sugiere que un neurotransmisor como el glutamato, que está involucrado en transmitir otros sentidos como el olfato y el gusto, podría actuar como mensajero. Y, efectivamente, cuando los científicos bloquearon la liberación de glutamato en las células intestinales sensoriales, los mensajes se silenciaron.

Bohórquez tiene datos que sugieren que la estructura y la función de este circuito serán las mismas en los humanos. “Creemos que estos hallazgos serán la base biológica de un nuevo sentido –afirma Bohórquez–. Uno que sirve como punto de entrada para la forma en que el cerebro sabe cuándo el estómago está lleno de alimentos y calorías. Le da legitimidad a la idea del ‘presentimiento’ como un sexto sentido”.

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