Formentor 2018

El escritor rumano Mircea Cartarescu ha recibido este viernes, 28 de septiembre, el Premio Formentor de las Letras, en una ceremonia en la que ha repasado sus orígenes y su relación con la literatura. “Le debo todo”, ha afirmado ante el público asistente al evento, celebrado en el Hotel Formentor Royal Hideaway.

“Cada vez que se me concede el honor de recibir un premio, ya sea un premio insignificante o uno extraordinario, como el actual premio Formentor, me siento invadido por la sorpresa y por una especie de horror sacro. Porque siempre he pensado que los premios son para los escritores, para los autores profesionales de poemas, novelas y obras de teatro”, ha asegurado el autor al inicio de su discurso.

“Yo no me he considerado ni me he llamado nunca escritor. Para mí, denominarte a ti mismo escritor -tú, un pobre individuo que escribe- es tan grotesco como llamarte profeta, iluminado, sabio, filósofo o teólogo”, ha añadido, para argumentar que “la palabra ‘escritor’ no puede ser sino un homenaje, merecido o no, que te rinden otros y que debes aceptar con modestia e inmensa gratitud. Alabarte a ti mismo por este atributo del que no deberías, de hecho, ser consciente, es triste y ridículo”.

En este punto, se ha mostrado a favor de la escritura concebida como “una religión practicada con devoción, en soledad, en aras de la alegría personal y de la búsqueda de uno mismo, no una manera de adquirir un estatus social, notoriedad, dinero y gloria” para reconocer que “nunca” quiso ser escritor: “Solo quise escribir, escribir de verdad, con todas mis fuerzas”.

Además, al igual que en la rueda de prensa celebrada esta mañana ante los medios con motivo de la concesión del Premio, Cartarescu ha rememorado pasajes de su adolescencia, cuando estuvo a punto de “morir de soledad” ya que estuvo cerca de cinco años “sin hablar con nadie”. “No tenía teléfono, ni amigos, ni forma de socializar”, ha reconocido.

De este modo, en su discurso ha reconocido que, en aquella etapa, “vivía ya en los libros mucho más que en la realidad” y ha vuelto a incidir en la idea de su voluntad de ser “un instrumento para escribir, alguien a través del cual se escribe” que “no publicaría nada, jamás” ya que solo “caligrafiaría infinitamente, a mano, en unas hojas amarillentas, los bucles de las letras de tinta, menudas, ásperas y apretujadas” para crear un manuscrito que “crecería, aumentaría” y que, “con el paso de los años”, se “desmigaría y desaparecería” a pesar de que las letras de tinta permanecerían.

Cartarescu también se ha definido “no como un escritor partícipe de un sistema de funciones y valores formalizados, sino como un amateur, libre de toda afiliación”, que ha escrito “siempre a mano, sin editar, desafiando el mito extendido del escritor que trabaja infinitamente en su texto”, que no ha formado “nunca parte del mundo literario, sea local o universal” y que ha “publicado siempre casi por casualidad”, que no ha negociado “nunca” un contrato y no ha tenido “nunca” un agente literario, ni ninguna red de contactos.

“Ese es el motivo por el que cada muestra de aprecio por mi escritura ha sido siempre una gran sorpresa para mí. El hecho de que un jurado, sobre todo el de un premio prestigioso, llegue a interesarse por mí, un hombre de una zona del mundo cenicienta y triste, a leerme y a preferirme por delante de unos autores mucho más prestigiosos da fe del milagro de la literatura”, ha argumentado, para dar las gracias a esta disciplina artística que se ha ocupado de su “educación moral y religiosa” y por la que, “a través de sus filtros”, ha contemplado “a lo largo de toda la vida, el espectáculo del mundo”, pese a las penalidades vividas, ya que prefería renunciar a comer que a no poderse comprar un libro.

“ESCRIBIR FORMA PARTE DE MI DEFINICIÓN”

Sobre su obra, ha señalado que “nunca” ha roto una página, no ha quitado ni añadido “nunca” una frase pues “la escritura es una cuestión de fe, de fe en tu propia mente” mientras que, cuando relee sus libros, algo que ocurre en “rarísimas ocasiones y solo por motivos académicos”, ha asegurado que no los reconoce “o no los reconozco como míos”.

“Los escritores ya no son estrellas, no tienen ya visibilidad, no pueden soñar ya con la gloria, la fama y el dinero”, ha proseguido el autor que, sin embargo, ha vuelto a enaltecer la importancia de la escritura. “Yo soy un hombre que escribe, escribir forma parte de mi definición. Seguiría escribiendo aunque no quedara nadie que supiera leer, incluso aunque fuera la última persona en el mundo”, ha subrayado.

“La escritura es un órgano vital de mi cuerpo, una de sus funciones vitales. Preguntarme por qué escribo cuando nadie lee ya es como si me preguntaras por qué respiro si nadie más respira en este mundo”, ha insistido.

Dotado con 50.000 euros, el Premio Formentor de las Letras reconoce la calidad e integridad de aquellos autores cuya trayectoria prolonga la alta tradición literaria europea. Sostenido con el mecenazgo de las familias Barceló y Buadas, fue creado en 1961 por un reputado grupo de editores europeos, como Carlos Barral, Gallimard, Einaudi o Rowolt, entre otros.

Tras su recuperación en 2011, cincuenta años después de su primera edición, el premio lo han recibido Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Ricardo Piglia, Roberto Calasso y Alberto Manguel, a quienes se suma en esta última edición Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), quién ha obtenido los más importantes premios literarios rumanos y multitud de galardones internacionales.

Considerado por la crítica literaria el más importante escritor rumano de la actualidad, Cartarescu cuenta con una treintena de obras entre las que destacan ‘El Levante’, ‘Nostalgia’, ‘Lulú’, la trilogía ‘El Cegador’ , ‘Las bellas Extranjeras’ o ‘Solenoide’ (ambas editadas con Impedimenta). Esta última ha sido incluida en el listado de los mejores libros del pasado año por la prensa cultural española e iberoamericana.

Con la entrega de este premio, se da el pistoletazo de salida a las Conversaciones Literarias de Formentor, que se desarrollarán entre el 29 y 30 de septiembre, organizadas por la Fundación Santillana con el mecenazgo de Simón Barceló, actual propietario del hotel.

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