Una nueva investigación publicada en el ‘Journal of Nutritional Biochemistry’ ha establecido una fuerte correlación entre los niveles de omega-3 en sangre, especialmente el ácido docosahexaenoico (DHA), y una mejor función cerebral en niños de dos a seis años.

El objetivo de este estudio transversal fue investigar la relación entre los ácidos grasos de sangre pura (FA, por sus siglas en inglés) y la función ejecutiva en 307 niños de dos a seis años del norte de Ghana. El objetivo de los investigadores fue examinar en qué medida los niveles más altos de ácido eicosapentaenoico (EPA) y/o DHA se asociaron con un mejor rendimiento cognitivo. Se recogieron muestras de sangre seca y se analizaron para determinar el contenido de FA.

Los niños fueron sometidos a una batería de pruebas de función cognitiva apropiadas para su edad. Específicamente, se usó la tarjeta de cambio dimensional (DCCS) para evaluar la función ejecutiva. El DCCS solicita que el niño ordene una serie de tarjetas bivalentes basadas en una de las dos dimensiones indicadas (es decir, color o forma). Después de ordenar una serie inicial de ocho tarjetas basadas en el color, se le indica al niño que cambie la dimensión de categorización y ordene otra serie de ocho tarjetas según la forma.

Este cambio dimensional en el comportamiento de clasificación proporciona un índice de función ejecutiva, ya que el niño debe suprimir su conjunto de reglas previamente aprendidas (es decir, ordenar por color) para ajustar de forma flexible su atención y sus acciones conductuales en la clasificación de las tarjetas por un nuevo conjunto de reglas, es decir, clasificación por forma.

El índice de omega-3 promedio (nivel de EPA o DHA de los glóbulos rojos) en este grupo fue del 4,6 por ciento, con un rango del 2,3 por ciento al 11,7 por ciento. Se observaron diferencias significativas en el porcentaje promedio de ácidos grasos totales en sangre pura entre niños que no pudieron seguir instrucciones en la prueba DCCS (50% de la muestra) y aquellos que pudieron (50% de la muestra). Los niños con los niveles más altos de omega-3 y DHA totales fueron tres y cuatro veces, respectivamente, más propensos a pasar al menos una condición de la prueba de función ejecutiva DCCS que aquellos con los niveles más bajos.

Este estudio, según detallan los investigadores, tiene “varias fortalezas”. En primer lugar, utilizó un biomarcador objetivo para evaluar la ingesta de ácidos grasos en la dieta (es decir, el índice omega-3), a diferencia de otros métodos convencionales y menos precisos, como cuestionarios de frecuencia de toma de alimentos o técnicas de historial de la dieta. “Los cuestionarios de frecuencia de alimentos no son muy precisos para estimar los niveles circulantes de ácidos grasos en sangre”, indican.

Los autores concluyen que estos hallazgos proporcionaron “un ímpetu para nuevos estudios sobre posibles intervenciones para mejorar el estado de ácidos grasos esenciales de los niños en los países en desarrollo”.

“Los niños en países en desarrollo como Ghana no tienen tanto acceso a fuentes ricas en omega-3 como los de otras partes del mundo. Esto tiene varias ramificaciones, particularmente en el área del desarrollo cerebral y la función cognitiva. Nos alegramos de ver la correlación positiva entre los niveles de omega-3 y una mejor función cerebral, especialmente dado que una deficiencia de omega-3 es tan fácil de corregir. Todo lo que se requiere es consumir más de los omega-3 correctos, especialmente DHA, que en este caso fue el ácido graso sobresaliente”, concluye Bill Harris, fundador de OmegaQuant, y coinventor de la prueba del índice omega-3.

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