Expertos de la Universidad de Alcalá de Henares (UAH) han subrayado la importancia del juego libre de los niños, ya que se trata de un momento de aprendizaje autónomo donde salen a relucir muchas capacidades que ayudan en la resolución de problemas y toma de decisiones, ha informado la universidad en un comunicado.

Tal y como recoge el derecho 31 de la Convención de Derechos del Niño, ‘el niño tiene Derecho al esparcimiento, al juego y a participar en actividades artísticas y culturales’, algo que subrayan los expertos de la UAH, Marta Arévalo y Pablo Sotoca, del área de Didáctica de la Expresión Corporal del departamento de Educación de la UAH.

“Cuando un niño practica el juego libre, decide cómo, qué y con quién jugar. Ellos son quienes inician y terminan el juego, eligen con qué materiales van a desarrollar las acciones estableciendo sus propias reglas. Hay que ser conscientes que, con el juego libre, los adultos a veces sentimos que pierden el tiempo, cuando es un aprendizaje en mayúsculas”, señalan.

Como explica Marta Arévalo, el juego, en sus orígenes, ‘desarrollaba habilidades para la supervivencia en el ser humano; ahora, aunque no nos vaya a atacar un dinosaurio, las habilidades físicas y mentales tienen que ver también con una necesidad de salud, bienestar y desarrollo, alejadas de la inactividad, el sedentarismo y el entretenimiento pasivo a los que están tendiendo los niños’.

Un niño con pocos momentos de juego sin control adulto y con poca libertad de moverse, acumulará tensión que saldrá de una manera inesperada e inoportuna y desconcertará tanto al niño como al adulto, agrega.

El juego libre se puede hacer solo o en grupo y, en este segundo caso, tiene que ver también mucho con el desarrollo de la empatía y la interacción con los otros. Se trata de un momento de aprendizaje autónomo donde salen a relucir muchas capacidades que ayudan en la resolución de problemas y toma de decisiones, tal y como apuntan estos docentes. Incluso la práctica del juego intergeneracional suele ser muy enriquecedor porque ayuda a establecer roles, marcar los espacios propios y aprender de otros, que parten desde diferentes intereses y necesidades.

Ahora bien, el juego libre no es juego dirigido: el adulto no tiene que interferir, ni dirigir, porque entonces pierde su sentido. También tendría sus valores un juego dirigido, pero no debemos confundirlo con juego libre.

“Es lógico que los padres se asusten, porque jugar así supone que los niños se arriesgan, hacen cosas inesperadas al explorar, y generan su propio caos; los adultos debemos ver desde lejos, pero no implicarnos. Hay que aprender que el verbo jugar, en muchas ocasiones, se conjuga con el verbo dejar”, ha matizado Pablo Sotoca.

Muchas veces, antes del juego, llega el aburrimiento. Ese tiempo al que Arévalo denomina ‘tiempo cremallera’, suele ser difícil de gestionar por parte de los niños y por parte de los adultos que, en muchas ocasiones, no toleran bien que el pequeño no tenga nada que hacer y enseguida se le da opciones.

Pero los expertos recomiendan paciencia, la suficiente para que busque alternativas y empiece a dar vueltas a esa creatividad que todos tenemos, en muchas ocasiones olvidada. El aburrimiento permite que la imaginación del niño salga a relucir, ya que, en ocasiones, es la propia imaginación la que se encuentra ‘jugando al escondite’, apunta Sotoca.

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