Fotos: Isabelle Sleijpen

Cantantes hay muchos, fenómenos de masas hay menos, pero Antonio Orozco se encuentra en las dos categorías. Incombustible, pasional y sincero, supo dar otra lección sobre cómo actúan los artistas honestos en cada concierto: Como si fuese el primero y el último.

Son Fusteret fue el escenario escogido anoche por Antonio Orozco (Barcelona, 1972) para recordarnos todos sus grandes éxitos y mostrar unas ganas incombustibles de hacer vibrar a su público.

Orozco sabe que cuando canta en Mallorca lo hace en casa (como pudo comprobar en diciembre de 2017 cuando presentó su Tour Destino), porque la historia de amor de la isla con el cantante empezó hace ya muchos años, cuando sus andanzas no eran tan populares ni tan multitudinarias como ahora. Lejos quedan ya en el tiempo los conciertos íntimos en salas pequeñas, como aquél que ofreciera años atrás en Llucmajor.

Los primeros acordes de “Mírate” sonaron poco después de las diez de la noche y con ese tema dio el pistoletazo de salida a casi dos horas el concierto que llevaría a los asistentes a un recorrido por todos sus éxitos.

Pocos artistas como él en este país. Pocas carreras sin saltarse escalones como la suya, empezando desde abajo, tropezando y aprendiendo para dar lo mejor de sí mismo.

Y es que desde aquel “pop flamenquito” de sus comienzos hasta ahora es fácil darse cuenta de cómo le ha cogido gusto a flirtear con ritmos más rockeros. Es curioso que Orozco siga el camino contrario a tantos otros artistas y que en vez de calmar sus canciones con el paso de los años, cada vez parece tener ritmos más contundentes.

El artista de Barcelona es, sobre todo, un superviviente y un luchador nato; un trabajador incansable y un enamorado de su trabajo que no deja de inspirarnos porque tiene pinta de buen tipo y de muchacho de barrio a quien la fama no le ha hecho perder el norte.

Cuando alguien tiene un objetivo tan claro como Antonio Orozco, una buena dosis de talento y un tesón a prueba de bombas, el éxito es cualquier cosa menos una sorpresa.

Seguro, carismático y gran conocedor de su público, Orozco conecta con todos ellos desde el minuto uno. De hecho, su sola salida al escenario ya fue toda una muestra de entusiasmo  compartido por todos los asistentes que esperaban ansiosos el gran momento.

Lleva quince años en la música, ocho discos, centenares de conciertos y cientos de miles de kilómetros a sus espaldas, pero este chico de L’Hospitalet sigue destilando la misma pasión con la que comenzó su carrera plantándose en los escenarios y queriéndolo contar todo.

Sus temas nos cuentan cosas de su evolución como cantante, pero sobre todo de las cicatrices que la vida le ha ido tatuando en el alma a este artista al que uno tiene la sensación de conocer de toda la vida.

La seguridad en sí mismo presenta pocos resquicios. Esto, junto con su perseverancia y años tocando puertas de radios y de discográficas le ha permitido subirse a este negocio de la música del que parece tener muy pocas ganas de bajarse.

Curiosamente, entre el público pudieron verse a muchos niños que no quisieron perderse en directo al coach más querido de del concurso televisivo “La Voz”.

El Antonio Orozco más comprometido apareció al final del concierto cuando pidió a los asistentes que mandaran un SMS con la palabra “ángel” al 28015 y colaborar así con la asociación “Ángeles de la guarda” que tanto ayuda a familias que pasan por una situación tan delicada y que colabora con el hospital San Juan de Dios de Barcelona.

El final, explosivo como no podía ser de otra manera, llegó cuando cantó “Estoy hecho de pedacitos de ti” con el que este maestro de ceremonias supo cómo dejar al público con ganas de más después de un concierto de dos horas.

¿El secreto de este chico?, muy sencillo, se lo sigue pasando bien cuando se sube a un escenario y eso es algo contagioso que no se puede ocultar.

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