“Miedo” es el término que mejor define el estado de ánimo en el que viven los vecinos de la calle Joaquim Verdaguer (S’Arenal) donde el tráfico y consumo de sustancias estupefacientes se han enseñoreado de la calle sin muchos visos de solución “porque la Policía no detiene a quien debe”.

“Este sábado”, explica uno de esos vecinos, “la Policía Nacional hizo una redada en uno de los locales donde parece que se vende droga de forma habitual, pero eso ayuda muy poco a paliar la situación porque la venta en ese local es el último eslabón de un proceso que se inicia en un piso de esta calle en el que viven unos marroquíes y que son los que, realmente, están distribuyendo la droga”.

La calle, en cuestión, se ha convertido en una de las más peligrosas de la zona, “y la falta de patrullas policiales, que parece que ya se han aburrido de esta situación, no hace sino empeorarlo más”, añade el hombre.

Uno de los propietarios del inmueble en el que vive la familia de marroquíes a quienes señalan como principales “proveedores” de drogas de la zona, nos explica que  la cantidad de gente “que acude al piso para comprar mercancía es una locura. Aquí sube todo el mundo y, encima, se equivocan constantemente de piso y puerta y llaman a la mía para pedirme que les venda droga”.

“El tema es”, explica el hombre, “que en ese piso se vende la droga a los negros y, estos a su vez, lo venden a los locales como el de la redada de este fin de semana pero no detienen y se llevan a quien lo está distribuyendo en esta calle, por lo que el problema subsiste”.

Y añade: “El miedo aquí es grande. A mí me han llegado a amenazar, a decirme que me anduviera con cuidado, después de decirle a uno que subió a mi casa a comprar un gramo de coca que se equivocaba de piso y que no volviera a molestarme. Llaman a cualquier hora, de día, de noche o de madrugada. Es algo continuo y difícil de aguantar”.

“Los marroquíes viven de alquiler y los propietarios del piso no quieren echarlos -lo cual no lo entiendo- pero es que hay miedo a denunciarlo ante la Policía por las posibles consecuencias que ello pudiera acarrear. Nos sentimos impotentes, estamos entre la espada y la pared”, concluye el hombre.

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