Foto: Reuters

La ONG International Justice Mission y el Gobierno del estado indio de Bengala Occidental han denunciado los brutales abusos que sufren las mujeres y jóvenes que trabajan en los prostíbulos de India, entre los que se incluyen violaciones, palizas o periodos prolongados sin comer, hacen que estas chicas sean incapaces de decir “no a nadie” o de escapar, según ha puesto de manifiesto un informe publicado este lunes.

Los testimonios de niñas y adolescentes que han sobrevivido al tráfico sexual en la capital de Bengala Occidental, Calcuta, ubicada en el este del país, han mostrado la violencia que soportan antes de ser obligadas a entrar en el mercado del sexo.

Un responsable de Justice Mission, Saji Philip, ha explicado que los traficantes imponen a las niñas un “período de preparación” para acabar con la resistencia que oponen las menores.

“Un 55 por ciento de las supervivientes fueron golpeadas con objetos y algunas fueron obligadas a ser testigos de los asesinatos de otras menores. Estos son métodos muy violentos y crueles”, ha denunciado Philip.

Este informe, que se centra en el predominio de la explotación sexual que sufren las niñas de Kolkata, ha alertado de que más de la mitad de las menores que han sobrevivido fueron violadas por su primer cliente y sometidas a malos tratos físicos y psicológicos.

Según datos gubernamentales, en 2016 se contabilizaron un 44 por ciento de casos de tráfico humano en Bengala Occidental, una región que además cuenta con los mayores índices de menores desaparecidos.

Algunas de las supervivientes han relatado los abusos que sufrieron, entre ellos recibieron palizas durante dos semanas, las quemaron con cigarrillos o sufrieron insolaciones. Una de ellas ha contado que la encerraron en una habitación durante doce días sin comida.

Además de estos periodos de preparación, los proxenetas obligan a las supervivientes a introducirse en el mercado sexual reclamándoles el pago de una supuesta deuda. Estos hombres informan a las jóvenes de que han sido vendidas y les impiden marcharse hasta que no les hayan pagado.

Otras víctimas han contado que las engañaron y les prometieron puestos de trabajo bien remunerados. Mientras tanto la deuda en concepto de alimento, vestido y hospedaje a la que tenían que hacer frente se incrementaba, en ocasiones durante varios meses, hasta que eran introducidas en la industria sexual.

Una vez dentro del negocio, estas jóvenes han asegurado que atendían entre siete y 18 hombres al día. “Nos decían (los proxenetas) que no nos opusiéramos al cliente, que le dejáramos disfrutar y no expresaremos dolor”, ha narrado una adolescente, al tiempo que ha explicado que la consigna era: “si están satisfechos, pagarán más”.

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