“¿Diésel o gasolina?”. Esta es una de las primeras preguntas que todos hemos respondido  cuando hemos ido a un concesionario a mirar un coche. Pues bien, este dilema está a punto de pasar a la historia.

Desde que Rudolf Diesel inventase este tipo de motor en 1893, mucho ha llovido. La crisis del petróleo en los años 70 hizo que todas las marcas invirtiesen mucho dinero en su desarrollo, de modo que en pocos años y con mucha investigación detrás, la brecha entre el motor diésel y el de gasolina dejó prácticamente de existir para dejar de ser una motorización de segunda y convertirse en el motor elegido por el 60 % de los compradores españoles, pese a su precio más alto frente al del gasolina.

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Pero fue en 2015, y con el protocolo de Kioto en marcha, cuando llegó el escándalo. El gigante Volkswagen tuvo entonces que admitir que había manipulado las pruebas de contaminación en algunos de sus modelos, lo que no solo le supuso una multa millonaria sino un varapalo mundial a su imagen. Podemos decir que el diésel quedó sentenciado ya que el coste de la inversión necesaria en investigación para conseguir motores de gasóleo no contaminantes es mucho más alta que los beneficios que pudieran llegar a dar. ¿El motivo?, perfeccionar los catalizadores para eliminar sus emisiones de óxido de nitrógeno es una inversión cara e incierta que elevaría considerablemente el precio final de los vehículos. Y eso, en un momento económico en el que se intenta dejar atrás una salvaje crisis económica, no parece una buena estrategia para ninguna marca.

A día de hoy, existen proposiciones de ley en diferentes países europeos como Holanda o Alemania, que persiguen que en menos de 15 años dejen de fabricarse coches con motores gasolina y diésel, altamente contaminante, de modo que estamos en condiciones de afirmar que el motor de explosión tiene fecha de caducidad, y que el vehículo eléctrico ha llegado para quedarse.

La nueva tendencia automovilística está enfocada en optimizar los motores eléctricos, en lo que respecta a potencia o autonomía. Mientras tanto, el desarrollo de motores híbridos de gasolina y electricidad parece ser el paso de transición, pero de momento ser ecológico sale caro ya que este tipo de vehículos, aun cargados de buenas intenciones, no están al alcance de cualquiera. Se necesita que los precios de los coches sean más asequibles y eso, pese a las tímidas ayudas gubernamentales, de momento no está ocurriendo.

Diversos ayuntamientos como el de Palma y el de Barcelona ya están facilitando a este tipo de vehículos el aparcamiento gratis en zonas restringidas de ORA o aparcamientos públicos de pago. Si es usted residente en la capital balear y desea conocer todos los incentivos que ofrece el ayuntamiento por conducir un coche eléctrico, puede informarse detalladamente a través de la página web melib.caib.es

Otro reto es el de facilitar la recarga en muchísimos más puntos de los existentes actualmente, que en Palma son algo más de 40.

Tesla fue la pionera en desarrollar exclusivamente coches con motor eléctrico mientras que las grandes marcas europeas, que no quieren perderse su parte del pastel, ya están posicionándose seriamente para dejar de fabricar en un futuro próximo motores diésel y también, aunque con un margen algo mayor de tiempo, los de gasolina. Resulta mucho más atractivo para su imagen y para su posicionamiento en el mercado apostar por energías limpias como la electricidad.

De modo que tal vez, cuando les contemos a nuestros nietos que una vez tuvimos un coche diésel, nos miren con la misma extrañeza con la que los milennials nos miran ahora cuando les contamos que de pequeños, no teníamos Internet.

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