Son las 4:25 de la madrugada. Y empiezo por el final. Acabamos de repartir 37 bolsas de comida caliente y casera a personas sin techo que duermen noche tras noche por las calles de Ciutat. Una realidad dura y nada agradable, rincones oscuros y con tan poca luz como esperanza. Noches frías a las que Sonia y Miguel, se enfrentan sin ningún tipo de pereza ni reparo. Ellos son el alma de la organización sin ánimo de lucro “Ayuda a tu gente Mallorca”; una iniciativa totalmente particular que nace de la propia experiencia de Miguel, un hombre que, durante varios meses, también vivió en la calle. Y logró salir. Ahora, trata de ofrecer al menos uno de los derechos más básicos a aquellos que no tienen nada. Él sólo pretende que todo el mundo pueda llevarse a la boca algo para comer.

Sonia Lozano y Miguel Sánchez comenzaron su andadura solidaria hace tres años. Con una pequeña moto de reparto localizaban a personas sin techo que dormían en las calles y durante varios días a la semana, a partir de las doce de la noche, salían para darles de comer. A Sonia, de 41 años, le encanta cocinar y “para cuánta más gente mejor” dice con una sonrisa. Su entereza es difícil de describir. Trabaja como limpiadora en el Hospital de Son Espases, su jornada ha empezado a las 16:00 de la tarde, pero al salir a las doce de la noche, no se va a la cama. Fue su pareja, Miguel, quien le propuso crear una ONG y salir al caer el sol para alimentar a las personas que no tienen nada. Mientras preparamos las bolsas de entrega, con la comida que ellos mismos consiguen de patrocinadores privados y donaciones, Miguel nos cuenta su historia. Él también vivió en la calle. Una mala situación, sustancias tóxicas, fracasos; todo ello en conjunto le llevo a dormir a la intemperie. Accedió a un centro de acogida y poco después logró recomponerse; pero el destino le tenía preparado algo distinto. Montó un negocio que no salió bien y acabó durmiendo en el cuarto de baño de su local. “No quería asimilar que me había vuelto a quedar en la calle; no podía creerlo. Aprendí mucho de esa época, las únicas ayudas que recibía eran de un señor de la zona con síndrome de Diógenes que buscaba cosas en la basura y me veía entrar de noche en el local. Supo que dormía allí. Me traía una manta, fruta; no puedo describir con palabras lo que aquello significaba para mi en esas noches tan tristes y solitarias. Por eso sé lo importante que es lo que hacemos en la calle. Todos merecemos esa dignidad, ese derecho de poder comer”, afirma rotundo y emocionado. En estos tres años han repartido más de 5000 platos de comida a gente necesitada. Hoy, Crónica Balear, sale con ellos.

La ruta que realizan abarca toda Palma. Desde la furgoneta, sus ojos buscan en cada rincón. Miguel, por propia experiencia, sabe reconocer los lugares en los que las personas sin techo buscan cobijo. Nada más enfilar calle Libertad, nos pide que paremos el coche. Ha visto algo. Se trata de un señor de 83 años que duerme en su coche. Era fontanero y de Melilla. Agradece la comida con una mirada indescriptible. Seguimos la marcha.

Sonia sonríe. La siguiente parada es una de sus preferidas. “Es como mi abuelo”, dice emocionada. Paco tiene 57 años y vive en las conocidas chabolas del Secar de la Real; uno de los lugares marcados por la violencia de la noche, ya que se produjo el crimen de un joven de 24 años que dormía junto a otros “sin techo” en la casa abandonada. Tras varios silbidos, aparece Paco entre las matas. La alegría no es sólo por la comida, sino quizá más por verles y poder charlar unos minutos. Paco nos cuenta que ha llegado una orden municipal de desahucio. El próximo día 2 de abril, deberán abandonar lo que para ellos es su hogar. “Si tengo que volver a dormir bajo un puente, lo haré; pero echarnos no es una solución, no se va a hacer nada aquí”, cuenta. “Olvídate de la bolsa de comida, lo importante es el aprecio que nos tenemos”, dice emocionado cuando Miguel le alarga la bolsa. El cariño que se tienen es evidente. Paco nos habla sobre la realidad de la calle. “Vamos desastrados, estamos en la puta calle, sí, pero eso no significa que seamos malas personas; quiero vivir tranquilo y en paz, con cariño y educación. Cuenta la puta realidad”, me dice contundente.

Nos acercamos a la una y media de la mañana. Nuestra presencia ha retrasado la ruta y la mayoría de ellos ya están durmiendo. Entramos en el cajero situado frente a la Comisaría de la Policía Nacional de la Carretera de Valldemossa. Ahí duermen Javi y Elena. A pesar de despertarles en mitad de la noche, tardan décimas de segundo en abrir las bolsas. “Incluso en las noches con lluvia, con frío; aparecían con un cocido. No fallan. Hay mucha más gente durmiendo en la calle de lo que la gente se cree, hace mucha falta y es una gran labor”, nos cuentan mientras destapan el “tupper” de macarrones y costilleja. Javi estrenó el centro Es Pinaret en Mallorca. Y de ahí, a los 16 años fue a la cárcel. Él y su pareja, son ex-toxicómanos. “No quiero saber lo que han hecho, no les juzgo; yo sólo pienso en que si tu comes y yo como ¿por qué ellos no comen?”, explica Miguel. “La gente de la calle es mi gente”.

La mayoría de ellos coincide. La calle te desquicia la cabeza. Psicológicamente es muy duro. Se sienten olvidados. Invisibles al resto del mundo. Sufren agresiones nocturnas y repentinas, soledad, frío, desesperanza, rechazo. Les gusta estar informados sobre lo que ocurre en la sociedad, aunque la sociedad no quiera saber lo que les ocurre a ellos. La mayoría, acaban consumidos por problemas de salud; y es que cualquier indisposición en la calle, puede agravarse hasta ser letal. De camino al siguiente cajero, vemos un hombre apoyado en la acera. Tratamos de hablar con él, pero es difícil entenderle. Balbucea que le han echado del centro Ca l’Ardíaca por ir borracho. Es una de las normas básicas de los centros de acogida. Muchas de las personas que duermen en la calle no quieren aceptar las normas; otros, no saben como hacerlo. “Antes éramos enfermos, ahora somos escoria; vas de un lado a otro y ya no saben donde derivarte. Nos estamos muriendo en las calles. Los que morimos somos nosotros. Y no tienes donde aferrarte. Haz un curriculum te dicen”. Y otros muchos han perdido la esperanza, consideran la intemperie su hogar.

Ya son más de las dos y cuarto de la mañana. En uno de los cajeros hay cuatro personas durmiendo. Enfilamos el centro de Palma. En las Ramblas nos encontramos con Toni. Su presentación es radical: “Tengo sólo una pierna y sólo una cadera, pero tengo dos cojones”. Es de Lloseta. Tiene 58 años y está absolutamente indignado con el sistema de servicios sociales. “Me gustaría que la gente supiera realmente donde van sus impuestos”, afirma. Le otorgaron una paga absoluta por su enfermedad, la poliomielitis, que le dejó sin una pierna. Cuenta que poco después se la redujeron a la mitad y le dijeron que fuera a trabajar. “Parece que ven un demonio cuando ven a un discapacitado pero aún tengo esperanza de que entre gente honrada en el poder, algún día”, explica.

Miguel y Sonia llevan trabajando más de cuatro horas además de su jornada laboral habitual. Su iniciativa corre peligro. No consiguen sufragar los gastos del reparto, de su vehículo y de la comida que distribuyen. Se sienten discriminados por la administración. Consideran que hay “tratos de favor” de cara a ciertas entidades y que nadie les ayuda. “La sociedad es cómplice de lo que está ocurriendo, si giramos la cara y no hacemos nada, somos cómplices; y creo que hemos demostrado que con muy poco, se puede hacer mucho” afirma rotundo. Su demanda es clara. Pide que se mejoren los servicios sociales, que no se deje a nadie sin comer, que le presten la ayuda económica necesaria como para que su ONG, Ayuda a tu gente Mallorca, siga adelante. El coste al mes podría subvencionarse con alrededor de 1000€, de esa forma, podrían salir cada noche. Mantiene reuniones con varios cargos políticos pero no logra su propósito. “Yo estoy agradecido a la vida, logré revertir mi situación y ahora tengo una pareja y un lugar donde dormir. Ellos no. Por eso hago lo que hago. Y no quiero dejarlo. Debemos creer en la reinserción y la sociedad puede dar mucho más de lo que da. Sólo necesito que confíen en mí y en lo que hago. Es necesario para estas personas. Para tratarlas como se merecen, como personas y no como animales”. Miguel rompe a llorar. Acusa demasiado el cansancio de la noche. Y la impotencia. Su labor pende de un hilo. Gracias a él, y a su mujer, Sonia; 37 personas han podido comer esta noche.

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