El abogado “malvado”

Pedro A Munar

Hace ya tiempo un individuo al que me había enfrentado en un juicio –y que acabó perdiendo- me remitió un correo electrónico en el que me tildó como un “abogado malo”, puntualizando el caballero, eso sí, que el calificativo de “malo” nada tenía que ver con mi profesionalidad y sí mucho que ver con mi forma de ser.

Recuerdo que el “angelito”, en concreto, había alquilado un local a mi cliente y que fue condenado tras llevar varios años sin pagar la renta y enredando con falsas promesas de pago, negándose a abandonarlo y llegando incluso a subarrendarlo sin permiso para así lograr un dinero –que, como bien han acertado ustedes, no dedicó a pagar la deuda que había contraído con mi cliente-.

Reconozco que el episodio me hizo reflexionar sobre mi profesión en la que, como en cualquier otra, puede uno encontrarse todo tipo de villanos y héroes aunque, ciertamente, que a uno le califiquen de “malvado” por hacer cumplir lo justo resultó ser una novedad para mí.

Huelga decir que mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que aquello no era ninguna novedad para mis colegas más veteranos.

Es práctica habitual buscar responsables de las consecuencias de nuestros actos

No debe perderse de vista que nuestras actuaciones -y los consejos que ofrecemos- implican decisiones muy delicadas e importantes para todos los implicados: desde negociar descuentos o aplazar pagos con proveedores hasta defender o acusar a una persona por algún delito; pero también nos toca aconsejar a una empresa o a una familia para que se decida a tomar una decisión traumática que permita su supervivencia, por ejemplo.

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Y creo que esa es una de las razones por las que los abogados estamos muchas veces en el ojo del huracán y acabamos por ser percibidos como “malvados” por algunos; porque lo que se juega uno en un litigio suele ser lo suficiente importante como para buscar siempre un culpable que pague los platos rotos y nadie mejor que el abogado, el abogado “malvado”.

Sin embargo, por lo que he podido comprobar a lo largo de los años que llevo ejerciendo, suele ser el cliente quien no actúa bien y busca –en muchas ocasiones- culpar a otro de las consecuencias de sus actos.

Es difícil aceptar la culpa y de eso pocos nos libramos.

Una situación que me trae a la memoria esa apreciación con la que celebrábamos nuestros aprobados en el colegio: “Papa, he aprobado” pero que cambiaba por completo cuando las cosas venían mal dadas: “Papa, me han suspendido” … el malvado profesor.

¿Existen entonces abogados malvados?

 Lo cierto es que el límite entre “el derecho a un juicio justo” y “defender lo imposible o injusto” es a veces una línea tan delgada que sobrepasarla, o no, depende del punto de vista de cada uno.

Que un culpable de asesinato se acoja a varios atenuantes que si son aceptados le permitirán reducir su condena (por ejemplo que haya confesado, que el juicio se retrase o que sea un adicto a las drogas) tendrá como consecuencia que la mayor parte del público –y la familia de la víctima en especial- lo consideran injusto y puedan llegar a pensar que el abogado acusador es malo (por no hacer bien su trabajo) y el defensor es malvado (por defender a un criminal) .

Quizá eso es lo que debió pasar en el caso que cito al empezar mi crónica.

Esa concepción siempre ha existido, sigue haciéndolo y dudo que cambie en el futuro o, como dijo Lampedusa “Todo cambia para que todo siga igual”.

Pedro A Munar

 

 

 

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